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Nuestra organización afiliada la Federación de Trabajadores de la Industria de la Alimentación (FTIA) dio inicio, este martes 23 a un plan de lucha por recomposición salarial.

La medida comenzó con una multitudinaria marcha que culminó frente a la sede de las Cámaras Empresarias donde la FTIA ratificó su voluntad de luchar por un acuerdo salarial trimestral que preserve el poder de compra de los salarios y le gane a la inflación.

Nuestra afiliada “dio una contundente muestra de su capacidad de movilización que contó con el respaldo unánime de los sindicatos de todo el país”, destaca la Federación.

El Plan de Lucha continuará el próximo lunes 29 con paros de dos horas por turno en las unidades del sector en todo el país.

La Rel UITA seguirá informando sobre esta situación, dando a conocer internacionalmente los pasos a seguir por la Federación hasta que la Cámara Empresaria deponga su postura intransigente y de atención a las legítimas reivindicaciones de nuestra afiliada.


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El costo del gas amenaza la producción y el empleo

La combinación entre el retiro de subsidios, una planificación cuestionada y la escalada internacional provocada por el conflicto en Medio Oriente disparó el costo del Gas Natural Licuado a niveles inéditos. Más de un centenar de establecimientos industriales comenzaron a restringir o detener su actividad, mientras el impacto ya se proyecta sobre el empleo, la producción y la competitividad de sectores estratégicos.

El invierno expuso una de las mayores vulnerabilidades del esquema energético argentino. El fuerte incremento del precio del Gas Natural Licuado (GNL), indispensable para abastecer la demanda durante los meses de mayor consumo, modificó por completo la estructura de costos de numerosas actividades manufactureras. Para buena parte de la industria, producir dejó de ser económicamente viable.

La decisión oficial de trasladar al sector privado la adquisición del combustible importado y eliminar los subsidios coincidió con un mercado internacional atravesado por la inestabilidad generada por la guerra en Medio Oriente. El resultado fue una escalada que llevó el valor del GNL hasta los 24 dólares por millón de BTU, muy por encima del costo histórico del gas de red que abastecía a las plantas industriales.

Ese salto alteró la ecuación económica de cientos de empresas. La Unión Industrial Argentina advirtió que más de 130 establecimientos debieron reducir o suspender procesos productivos debido a la imposibilidad de afrontar el nuevo costo energético. En numerosos casos, mantener las líneas de producción activas implica pérdidas superiores a las que ocasiona una paralización temporal.

La industria cerámica aparece entre los sectores más comprometidos. Empresas radicadas en la provincia de Buenos Aires ya interrumpieron completamente sus operaciones tras el corte del suministro firme de gas. Desde el sector explican que reemplazar ese abastecimiento por GNL importado representa un costo extraordinario imposible de absorber sin comprometer la continuidad económica de las compañías. La alternativa de trasladar semejante incremento a los precios finales tampoco resulta viable en un mercado interno que continúa mostrando bajos niveles de consumo.

Las dificultades se extienden a distintas regiones del país. En el norte argentino, cámaras empresarias alertan sobre fuertes restricciones en el suministro que obligarán a numerosas industrias a disminuir turnos de producción o detener completamente sus plantas durante buena parte del invierno. El impacto adquiere especial gravedad en provincias donde la capacidad instalada ya opera por debajo de sus niveles históricos y la actividad manufacturera atraviesa un prolongado proceso de desaceleración.

La emergencia energética también volvió a poner bajo discusión la planificación oficial. Diversos referentes industriales sostienen que la contratación del GNL se realizó con escaso margen frente al inicio del período invernal, reduciendo la posibilidad de acceder a precios más competitivos en el mercado internacional. A esa circunstancia se suma un problema estructural que permanece sin resolver: la insuficiente capacidad de transporte para aprovechar plenamente la producción de Vaca Muerta hacia los principales centros de consumo.

Las obras previstas para ampliar esa infraestructura avanzan con plazos que exceden la actual emergencia. La expansión del sistema troncal y los nuevos gasoductos proyectados para abastecer al centro y norte del país aún requieren inversiones, definiciones administrativas y financiamiento que permanecen pendientes, prolongando la dependencia del combustible importado durante los picos estacionales de demanda.

El escenario adquiere una dimensión todavía más delicada por su impacto sobre el mercado laboral. La desaceleración industrial ya venía reflejándose en una sostenida reducción del empleo registrado y las nuevas restricciones energéticas amenazan con profundizar esa tendencia. Cada planta que interrumpe su actividad no sólo deja de producir: también incrementa la incertidumbre de miles de trabajadores cuyos ingresos dependen de la continuidad de los procesos fabriles.

Para cámaras empresarias y organizaciones sindicales, el episodio trasciende una contingencia climática. Consideran que pone de manifiesto la fragilidad de un esquema energético que combina dependencia de importaciones, infraestructura insuficiente y elevados costos para la producción nacional. En un momento de consumo deprimido y retracción de la inversión, el encarecimiento del gas amenaza con convertirse en un nuevo factor de deterioro para una industria que ya enfrenta uno de los períodos más complejos de los últimos años.

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Los salarios bajos empujan la salida de miles de estatales

El recorte del empleo público ingresó en una nueva etapa. Tras los despidos masivos y la reducción de estructuras, la pérdida del poder adquisitivo comenzó a convertirse en el principal mecanismo de expulsión de trabajadores. Renuncias, retiros voluntarios y fuga de profesionales afectan organismos estratégicos y ponen en riesgo funciones esenciales del Estado.

El ajuste sobre la administración pública nacional dejó de medirse únicamente por la cantidad de cesantías. La estrategia oficial atraviesa ahora una fase diferente, donde el deterioro salarial opera como un factor determinante para reducir planteles sin recurrir necesariamente a nuevos despidos. La combinación de ingresos cada vez más depreciados, retiros voluntarios y congelamiento de carreras profesionales está modificando la composición del Estado y debilitando áreas sensibles para la producción, la investigación científica, el control territorial y la seguridad operacional.

Las cifras reflejan la magnitud del fenómeno. Desde el inicio de la actual gestión desaparecieron cerca de 70.000 puestos de trabajo en el sector público nacional, según estimaciones difundidas por el Centro de Economía Política Argentina (CEPA). Sin embargo, organizaciones sindicales sostienen que la reducción ya no responde exclusivamente a decisiones administrativas, sino también a un panorama económico que imposibilita la continuidad de muchos trabajadores.

El caso del CONICET sintetiza esa transformación. La pérdida sostenida del poder adquisitivo derivó en una creciente migración de investigadores, becarios y personal técnico hacia universidades, empresas privadas e instituciones del exterior. Desde los gremios calculan que alrededor de dos mil trabajadores abandonaron el organismo durante el último período, mientras permanece paralizado el ingreso de nuevos investigadores mediante concursos que acumulan dos años de demora.

Las condiciones de remuneración explican en gran medida esta transformación. Los incrementos otorgados quedaron sistemáticamente por debajo de la inflación, profundizando una caída que ya lleva dos años consecutivos. Informes especializados estiman que las remuneraciones del organismo científico registran una pérdida cercana al 41% respecto de noviembre de 2023, mientras que los trabajadores comprendidos por el Sistema Nacional de Empleo Público también acumulan un pronunciado deterioro real desde el comienzo de la actual administración.

Para los sindicatos estatales, el fenómeno representa un cambio de metodología. La denominada «motosierra», identificada con los despidos y el cierre de organismos, comienza a convivir con una «licuadora» que erosiona los ingresos hasta convertir la continuidad laboral en una opción cada vez menos sostenible. El resultado, afirman, es una reducción de personal menos visible pero igualmente efectiva.

El Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) es otro caso del panorama actual. La segunda etapa del programa de retiros voluntarios sumó centenares de postulantes y profundizó la pérdida de recursos humanos altamente especializados. A las bajas registradas durante el primer proceso se agregan nuevas desvinculaciones que, según denuncian los representantes gremiales, comprometen seriamente la capacidad técnica y territorial del principal organismo de investigación agropecuaria del país.

En este aspecto, la política de retiros voluntarios comenzó a extenderse hacia otros organismos nacionales. La Administración de Parques Nacionales oficializó recientemente un esquema destinado a facilitar desvinculaciones de personal, dentro del programa de reducción de estructuras impulsado por el Gobierno.

Las consecuencias ya trascienden el plano laboral. Diversas dependencias muestran dificultades para sostener servicios esenciales debido a la disminución de personal experimentado. El Servicio Meteorológico Nacional aparece entre los casos más representativos. Tras sucesivas rondas de despidos y contratos no renovados, especialistas advierten que la reducción de equipos técnicos avanza mucho más rápido que las inversiones anunciadas para modernizar el organismo mediante nuevas tecnologías.

La preocupación también alcanza al sistema aeronáutico. Trabajadores de la Administración Nacional de Aviación Civil (ANAC) alertaron que el debilitamiento de áreas críticas comienza a reflejarse en la capacidad operativa de los aeropuertos. La reciente respuesta ante una amenaza de bomba en el aeropuerto de Corrientes volvió a poner bajo discusión el funcionamiento del Servicio de Salvamento y Extinción de Incendios, considerado una pieza central para garantizar la seguridad operacional.

Mientras el Gobierno defiende la reducción del gasto público como eje de su programa económico, los sindicatos sostienen que la pérdida de trabajadores ya no constituye solamente un conflicto laboral. Advierten que la combinación entre salarios depreciados, retiros voluntarios y falta de reemplazos comienza a erosionar el capital técnico acumulado durante décadas y compromete el funcionamiento de organismos que cumplen funciones claves para el desarrollo productivo, científico y la prestación de servicios esenciales del Estado.

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Aceiteros rompió el límite impuesto por el Gobierno y elevó el salario inicial a $2,7 millones

Tras semanas de conflicto, huelgas y negociaciones al borde de un nuevo paro nacional, la Federación Aceitera y el SOEA San Lorenzo impusieron una recomposición que supera la pauta oficial. El acuerdo con las principales cámaras agroexportadoras incorpora aumentos escalonados, pagos retroactivos y vuelve a instalar el debate sobre el salario como herramienta para preservar el poder adquisitivo frente al proceso inflacionario y las reformas laborales impulsadas por la Casa Rosada.

La paritaria del complejo agroexportador terminó convirtiéndose en mucho más que una discusión salarial. Después de más de un mes de confrontación, con medidas de fuerza, conciliación obligatoria y audiencias que se prolongaron hasta la madrugada, la Federación de Trabajadores del Complejo Industrial Oleaginoso, Desmotadores de Algodón y Afines de la República Argentina (FTCIODyARA) y el Sindicato de Obreros y Empleados Aceiteros (SOEA) de San Lorenzo lograron quebrar la estrategia empresaria de limitar las actualizaciones a la evolución del índice de inflación y alcanzaron una recomposición que vuelve a ubicar a la actividad entre las mejores remuneradas del país.

El entendimiento, suscripto con la Cámara de la Industria Aceitera de la República Argentina (CIARA), la Cámara de la Industria de Aceites Vegetales y Aditivos (CIAVEC) y la Cámara Argentina de Biocombustibles (CARBIO), establece un nuevo piso salarial para la categoría inicial de peón de $2.578.400 desde el 1 de julio, mientras que a partir del 1 de septiembre ascenderá a $2.719.040. A ese esquema se suma una compensación retroactiva correspondiente a mayo y junio, que será liquidada junto con los haberes del sexto mes del año.

La magnitud del resultado trasciende las cifras. En un contexto donde el Gobierno nacional procura contener las negociaciones colectivas dentro de parámetros compatibles con su política de desaceleración inflacionaria, la paritaria aceitera terminó consolidándose como uno de los pocos acuerdos capaces de perforar ese límite y modificar sustancialmente el ingreso real de los trabajadores del sector.

Una pulseada que mantuvo en vilo al principal complejo exportador

La negociación fue llevada a una escalada progresiva de confrontación al límite. La huelga nacional iniciada el 27 de mayo, la conciliación obligatoria, las prórrogas dispuestas por la Secretaría de Trabajo y las audiencias sin avances concretos mantuvieron bajo presión al principal complejo agroindustrial generador de divisas de la Argentina.

La disputa se concentró en dos modelos antagónicos para determinar los incrementos salariales. Las cámaras empresarias procuraban atar las actualizaciones al Índice de Precios al Consumidor (IPC), siguiendo la lógica de las previsiones oficiales y del Relevamiento de Expectativas de Mercado (REM) elaborado por el Banco Central. Los sindicatos, en cambio, rechazaron esa metodología al sostener que consolidaba la pérdida del poder adquisitivo y defendieron un esquema basado en el costo efectivo que demanda sostener un hogar trabajador.

Ese desacuerdo mantuvo paralizada la negociación durante semanas. Incluso cuando vencía la conciliación obligatoria, la posibilidad de una nueva paralización total de las terminales portuarias aparecía como un escenario prácticamente inevitable.

La audiencia decisiva comenzó el jueves por la mañana y se extendió durante doce horas consecutivas. Recién cerca de las dos de la madrugada del viernes, sin consenso definitivo, las autoridades laborales dispusieron un cuarto intermedio hasta este lunes para evitar una inmediata reanudación de la huelga.

Durante ese lapso, los gremios suspendieron las medidas de fuerza como gesto hacia la continuidad del diálogo, aunque dejaron en claro que regresarían con mandato de asamblea para retomar el plan de lucha si las empresas insistían en mantener la pauta inflacionaria como único criterio de actualización.

El salario como eje del debate sindical

Lejos de presentar el acuerdo exclusivamente como un incremento económico, las organizaciones sindicales buscaron darle una dimensión institucional y constitucional al resultado alcanzado.

En el documento difundido tras la firma del convenio, sostuvieron que toda la negociación estuvo respaldada por el principio del Salario Mínimo, Vital y Móvil previsto en el artículo 14 bis de la Constitución Nacional y en el artículo 116 de la Ley de Contrato de Trabajo.

Bajo ese criterio, remarcaron que la remuneración debe garantizar el acceso efectivo a alimentación adecuada, vivienda, educación, salud, transporte, vestimenta, recreación, vacaciones y previsión social, rechazando la idea de que el salario quede subordinado exclusivamente a variables macroeconómicas o financieras.

La reforma laboral volvió a ocupar el centro de la escena

El comunicado conjunto también inscribió la negociación dentro del clima político que atraviesa el movimiento obrero.

Los sindicatos advirtieron que el acuerdo fue alcanzado en medio de un proceso de confrontación con el Gobierno nacional y cuestionaron las modificaciones laborales impulsadas por la administración de Javier Milei, al considerar que representan un retroceso sobre derechos históricos y restringen el ejercicio constitucional de la huelga.

Asimismo, denunciaron la existencia de campañas destinadas a desacreditar las demandas sindicales y defendieron la legitimidad del conflicto que precedió al acuerdo.

Para la conducción aceitera, la contundencia de la huelga nacional realizada el 27 de mayo constituyó el elemento determinante que modificó la relación de fuerzas durante la negociación y terminó abriendo el camino hacia un entendimiento más favorable para los trabajadores.

La experiencia deja además una señal de alcance nacional. Mientras buena parte de las negociaciones colectivas continúan condicionadas por la estrategia oficial de moderación salarial, el convenio alcanzado por los aceiteros vuelve a colocar sobre la mesa una discusión de fondo: hasta dónde pueden las paritarias preservar el poder adquisitivo frente a la inflación y cuál será el margen de acción del sindicalismo en un cuadro marcado por la ofensiva gubernamental sobre las relaciones laborales. Más allá de los porcentajes pactados, la pulseada del complejo agroexportador se convirtió en uno de los precedentes sindicales más relevantes del año.

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