Kelly Olmos descarto una reforma laboral
La ministra de Trabajo, Raquel «Kelly» Olmos, descartó que el Gobierno tenga pensado implementar una reforma laboral y afirmó que los cambios en los convenios colectivos de trabajo deben contar «con el acuerdo entre los empresarios y el movimiento obrero organizado».
«Propiciamos todo aquello en lo cual hay acuerdo entre el movimiento obrero y el sector empresario, y creemos que Argentina tiene que ganar en productividad, pero que cada vez que eso sucede tiene que estar asociado a una redistribución entre los trabajadores», señaló Olmos en declaraciones radiales.
Al ser consultada respecto a declaraciones del designado jefe de Asesores del Presidente Alberto Fernández, Antonio Aracre, sobre la necesidad de revisar algunas normas laborales, Olmos afirmó que el futuro funcionario reconoció que «era una idea personal», ya que el Gobierno «no contempla esa iniciativa».
«Nunca hemos pensado en este Gobierno una ley que, en general, está asociada a los eufemismos que usa la oposición para propiciar la derogación de los derechos de los trabajadores», remarcó Olmos.
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Universidades en conflicto: Paro de 72 horas y crece la presión por un plan de lucha más duro
Con un paro nacional de tres días confirmado y crecientes demandas de profundización del conflicto, el sistema universitario argentino atraviesa una de sus momentos más críticos. La disputa salarial, el incumplimiento de la Ley de Financiamiento y el intento del Gobierno de reemplazarla por un nuevo esquema marcan el pulso de una crisis que tensiona a gremios, autoridades académicas y al propio Ejecutivo.
El frente universitario vuelve a ubicarse en el centro de la escena nacional. La Federación Nacional de Docentes Universitarios confirmó un paro de 72 horas que comenzará el lunes 30 de marzo y se extenderá hasta el miércoles, en la antesala del receso por Semana Santa. La medida se inscribe en un conflicto que combina reclamos salariales, deterioro presupuestario y una creciente resistencia a la orientación de la política educativa impulsada por el gobierno de Javier Milei.
El detonante inmediato es la falta de recomposición salarial en un clima inflacionario persistente. Según datos elaborados por equipos técnicos gremiales, la pérdida del poder adquisitivo de docentes y no docentes supera el 50% respecto de fines de 2023, producto del desfasaje entre los incrementos otorgados por la Secretaría de Educación y la evolución del índice de precios.
Pero la disputa excede lo estrictamente salarial. En el centro del problema aparece la aplicación de la Ley de Financiamiento Universitario, cuya implementación el Ejecutivo ha evitado, al tiempo que promueve un nuevo proyecto legislativo orientado a redefinir el esquema de asignación de recursos. Desde el ámbito sindical y académico, la iniciativa es leída como un intento de consolidar el ajuste sobre salarios y gastos operativos.
En ese sentido, la presión interna dentro de las organizaciones gremiales se intensifica. Sectores de base reclaman medidas más contundentes y sostenidas en el tiempo. La adhesión masiva al paro del 14 de marzo operó como un punto de inflexión: fortaleció la percepción de que existe margen para profundizar el plan de lucha y cuestionó las estrategias más moderadas de algunas conducciones.
La presión también alcanza a las autoridades universitarias. Instituciones de peso como la Universidad de Buenos Aires y la Universidad Nacional de La Plata quedaron en el centro de versiones sobre eventuales acuerdos con el Gobierno, aunque la fuerza interna de docentes y trabajadores puso en suspenso cualquier posibilidad de acompañamiento explícito a la iniciativa oficial.
El deterioro presupuestario completa un panorama complicado. Informes de distintas casas de estudio advierten que el incremento de tarifas, tras la reducción de subsidios, elevó los costos de funcionamiento por encima de la inflación promedio. Universidades como la Universidad Nacional de Córdoba enfrentan, según estas evaluaciones, un futuro de “cesación de pagos virtual” en el corto plazo si no se actualizan las partidas.
En este aspecto, comienzan a proliferar formas de autoorganización en facultades y dependencias académicas. Espacios como Medicina, Filosofía y Letras y regionales de la Universidad Tecnológica Nacional ya discuten esquemas de visibilización y medidas de fuerza escalonadas que trasciendan las convocatorias gremiales tradicionales.
El conflicto universitario revela una dinámica de doble presión. Por un lado, el Gobierno busca sostener su programa de ajuste fiscal, incluso a costa de tensar al máximo el vínculo con el sistema educativo. Por otro, los gremios enfrentan una creciente radicalización de sus bases, que perciben insuficientes las respuestas hasta ahora ensayadas.
Este cruce de fuerzas reduce los márgenes de negociación y anticipa un escenario de mayor conflictividad. La posibilidad de una nueva Marcha Federal Universitaria —en línea con la histórica movilización de 2024— aparece como un factor de alto impacto político y social, capaz de reconfigurar el debate público en torno al financiamiento educativo.
Lejos de encaminarse hacia una resolución, el conflicto universitario ingresa en una fase de profundización. El paro de 72 horas es apenas un nuevo capítulo de una disputa estructural que combina salarios deteriorados, presupuesto insuficiente y modelos contrapuestos sobre el rol del Estado en la educación superior. En ese marco, la calle y las aulas se perfilan como los escenarios donde se definirá, en las próximas semanas, el alcance real de una crisis que ya trasciende lo sectorial.
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La suba del combustible amenaza con frenar el transporte de cragas y complica el abastecimiento en todo el país
El acelerado incremento del precio del gasoil reconfigura la estructura de costos del transporte de cargas y expone un desfasaje creciente con las tarifas. Las empresas del sector advierten que la continuidad de esta tendencia podría traducirse en una reducción de servicios y, en el extremo, en problemas de abastecimiento en distintas regiones del país.
La advertencia surge de la Federación Argentina de Entidades Empresarias del Autotransporte de Cargas (Fadeeac), que representa a unas 6.500 pequeñas y medianas firmas. Según detallan, el gasoil —insumo central de la actividad— registró en marzo incrementos acumulados de entre el 20% y el 25%, con múltiples ajustes en pocas semanas. El litro de grado 2, el más utilizado, ya supera los $2.100 y se ubica en torno a US$ 1,50, uno de los valores más elevados de la última década en términos regionales.
El fenómeno no es meramente nominal: impacta de lleno en la ecuación económica de las empresas. “La desproporcionada escalada del precio del gasoil es hoy la principal preocupación”, señaló Cristian Sanz, presidente de la entidad, al describir un escenario en el que el combustible representa cerca de un tercio de los costos operativos. En paralelo, la actividad muestra niveles dispares según el rubro, lo que reduce aún más los márgenes de maniobra.
La velocidad de los aumentos constituye otro factor crítico. Mientras que durante 2025 el gasoil había acumulado una suba del 45% frente a un índice de precios del 31,5%, en apenas veinte días de marzo los incrementos ya alcanzaron un tercio de ese registro anual. La dinámica genera un desfasaje inmediato frente a tarifas que no logran ajustarse con la misma celeridad.
De acuerdo con estimaciones del área de costos de Fadeeac, cada incremento del 10% en el precio del gasoil se traduce en un aumento de al menos 3,5% en los costos de las operaciones de media y larga distancia. Esta relación directa vuelve inviable sostener la actividad si no se produce una actualización tarifaria acorde.
“La actualización debe ser inmediata. De lo contrario, muchas empresas se verán obligadas a dejar de operar”, advirtió Sanz. La afirmación no es menor si se considera que el transporte automotor moviliza más del 90% de las mercaderías en el país y genera alrededor del 4% del empleo nacional. La advertencia, en ese sentido, trasciende el plano sectorial y se proyecta sobre el conjunto de la economía.
El trasfondo internacional agrega presión. El conflicto en Medio Oriente impulsó el precio del barril de Brent desde los US$ 65 a más de US$ 100 en pocas semanas, trasladando presión a los mercados locales. Sin embargo, desde el sector empresario subrayan que el impacto se amplifica por la ausencia de mecanismos que amortigüen las variaciones externas, en un contexto donde la producción doméstica de petróleo muestra signos de crecimiento.
La combinación de estos factores configura un escenario delicado: si la ecuación deja de ser viable, las empresas comienzan a recortar servicios, reducir frecuencias o directamente cesar operaciones. El efecto dominó es inmediato: demoras en entregas, menor disponibilidad de productos y, en última instancia, desabastecimiento.
“Si las tarifas no se adecuan, el sector no podrá seguir operando. No es una amenaza, es una imposibilidad fáctica”, enfatizó Sanz. La definición sintetiza el núcleo del problema: no se trata de una disputa coyuntural, sino de la sustentabilidad de una actividad clave para el funcionamiento económico.
En la práctica, la historia reciente ofrece antecedentes claros. Cada vez que el transporte redujo su capacidad operativa, la cadena logística se resintió, afectando desde alimentos hasta insumos industriales y medicamentos. La dependencia estructural del país respecto del transporte automotor amplifica cualquier distorsión en el sector.
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Paritarias de Comercio: suba del 5%, suma fija y un salario que corre detrás de la inflación
La FAECyS selló un nuevo acuerdo salarial con las cámaras empresarias: un incremento del 5% en tres tramos y un bono de $120.000. En un clima de inflación persistente, el esquema refleja la presión entre la recomposición del ingreso y la sostenibilidad de las empresas.
En una negociación atravesada por las restricciones macroeconómicas y la necesidad de sostener la actividad, la Federación Argentina de Empleados de Comercio y Servicios, (FAECyS) – acordó con la Cámara Argentina de Comercio, la Confederación Argentina de la Mediana Empresa y la Unión de Entidades Comerciales una actualización salarial para el trimestre abril-junio de 2026.
El entendimiento establece un incremento total del 5%, distribuido en tres tramos mensuales —2% en abril, 1,5% en mayo y 1,5% en junio— junto con el pago de un bono extraordinario de $120.000 que alcanzará a todas las categorías del convenio colectivo.
La arquitectura del acuerdo no es novedosa: replica el esquema de aumentos fragmentados y sumas fijas que viene predominando en las paritarias del sector desde 2025, cuando se implementaron incrementos escalonados y bonos no remunerativos como mecanismo para amortiguar el impacto inflacionario sin trasladar plenamente los costos a las estructuras empresariales . Esta modalidad, si bien aporta previsibilidad en el corto plazo, también expone una limitación estructural: la dificultad de recomponer el salario real de manera sostenida.
En este marco, el entendimiento incorpora una cláusula de monitoreo permanente que habilita la revisión de las condiciones salariales en función de la evolución de los precios. Se trata de una herramienta que se volvió habitual en las negociaciones recientes, en un ámbito donde la nominalidad pierde rápidamente vigencia frente a la inercia inflacionaria.
El incremento luce acotado frente a una subida de costos que, aunque desacelerada respecto de picos anteriores, continúa erosionando el poder adquisitivo. Por otro, las empresas —especialmente las de menor escala— enfrentan márgenes estrechos y caída del consumo, lo que limita su capacidad para absorber aumentos más agresivos.
La paritaria mercantil, la más numerosa del país, vuelve así a funcionar como un termómetro de la economía real. En ella confluyen las urgencias de más de un millón de trabajadores con las restricciones de un sector clave para la actividad interna. En ese cruce, el resultado suele ser una solución intermedia: acuerdos moderados, pagos complementarios y revisiones periódicas.
El nuevo entendimiento salarial de Comercio sintetiza el delicado equilibrio que domina la negociación colectiva en la Argentina actual. Lejos de una recomposición plena, el acuerdo busca administrar presiones: contener la pérdida del ingreso sin comprometer la viabilidad de las empresas.
La combinación de aumentos graduales, bonos extraordinarios y cláusulas de seguimiento configura una estrategia defensiva más que expansiva. En ese marco, el verdadero alcance del acuerdo no dependerá tanto de su letra como de la evolución de la inflación en los próximos meses. Allí, una vez más, se jugará el destino del poder adquisitivo de uno de los sectores laborales más extendidos del país.
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