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La Unión Tranviarios Automotor (UTA) expresó este viernes su «profunda preocupación» por la situación que viven miles de trabajadores del transporte público de todo el interior del país, en razón de la «gravísima falta de pagos de los haberes», por lo que advirtió con impulsar medidas de fuerza si la situación no mejora.

El gremio que conduce Roberto Fernández dijo en un comunicado que la falta de pago de salarios se suma a una «cantidad de irregularidades» laborales por las que vienen reclamando dado que «vulneran las condiciones dignas de trabajo».

«Hace tiempo estamos redoblando los esfuerzos para encontrar soluciones en todas las instancias que corresponden, no obstante estamos llegando a un límite frente a la falta de respuesta, y en consecuencia avanzaremos en la profundización de las medidas de fuerza hasta tanto se nos escuche», dijo la UTA.

El gremio consideró que es «incoherente» la posición rígida de los empresarios que pareciera que desconocen que sus propios negocios se sostienen por el esfuerzo permanente de los trabajadores, como también «resulta doloroso ver la actitud de un gobierno que manifiesta defender los derechos de la justicia social y permite que los trabajadores hoy deban sobrellevar también otra pandemia, la del desprecio y la desconsideración».

«Habiendo asumido el compromiso de los esenciales durante toda esta crisis sanitaria, en la que muchas familias de compañeros sufrieron pérdidas irreparables, porque muchos hasta dieron la vida afectados por el maldito virus, resulta entonces irracional el silencio y la inacción de todos los que debieran ser responsables y que vienen demostrando que no están a la altura de las circunstancias», se quejó la UTA.

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Fuertes incrementos en carnes y verduras vuelven a tensionar la canasta básica

Los precios de los alimentos volvieron a mostrar señales de presión inflacionaria durante la tercera semana de enero, en un entorno económico donde el costo de vida continúa siendo uno de los principales límites al consumo de los hogares. Según un relevamiento privado, el rubro alimentos y bebidas registró un aumento promedio semanal del 0,2%, una variación contenida en términos generales, pero que refleja una persistencia inflacionaria difícil de desactivar.

La clave del comportamiento semanal estuvo en la composición de los aumentos. Lejos de una suba homogénea, el informe revela que los incrementos se concentraron nuevamente en los alimentos frescos, con un protagonismo marcado de las verduras y las carnes, dos categorías de peso central en la canasta básica.

Las verduras encabezaron las subas, con incrementos que superaron el 3% semanal, mientras que las carnes mostraron avances cercanos al 2,5%. Estos movimientos explicaron la mayor parte de la variación general, y volvieron a encender alertas por su impacto directo en el gasto cotidiano de las familias, especialmente en los sectores de ingresos medios y bajos.

Este comportamiento se repite desde fines del año pasado y pone en evidencia la dificultad para contener los precios en rubros sensibles, más expuestos a factores estacionales, climáticos y logísticos, y menos permeables a las estrategias de desaceleración general de la inflación.

En sentido contrario, el relevamiento registró bajas significativas en otros segmentos relevantes del consumo masivo. Los productos de panificación, cereales y pastas exhibieron retrocesos superiores al 4% semanal, a los que se sumaron descensos en bebidas, lácteos y algunos alimentos industrializados.

Estas caídas permitieron que el promedio semanal de inflación de alimentos se mantuviera en niveles moderados, evitando un salto más pronunciado. Sin embargo, su efecto fue parcial y transitorio, ya que no lograron compensar plenamente el impacto de los aumentos en los productos frescos, que continúan marcando el pulso de la canasta.

La heterogeneidad en la evolución de los precios se consolida así como una característica central del actual escenario inflacionario, con comportamientos divergentes entre alimentos básicos de consumo diario y otros productos de mayor procesamiento.

Al ampliar el horizonte de análisis, los datos muestran que la inflación de alimentos presenta una leve desaceleración, aunque con bases aún inestables. El promedio mensual de las últimas cuatro semanas se ubicó en torno al 0,9%, un registro inferior al observado en meses anteriores y que marca el primer período, tras más de cinco meses, en el que la inflación mensual promedio de alimentos se mantiene por debajo del 1%.

Pese a esta mejora relativa, el informe advierte que la tendencia sigue siendo frágil y altamente dependiente de la evolución de rubros volátiles como frutas y verduras. Cualquier corrección abrupta en estos segmentos puede revertir rápidamente el proceso de desaceleración.

Otro dato relevante es el aumento de la dispersión de precios. Aunque el promedio general fue bajo, se registraron valores extremos más marcados que en la semana previa, lo que indica que la inflación avanza de manera desigual dentro de la canasta. Al mismo tiempo, el porcentaje de productos con aumentos alcanzó el 15% del total relevado, tres puntos porcentuales más que la semana anterior, un indicador que suele anticipar presiones inflacionarias futuras si la difusión de subas continúa ampliándose.

La tercera semana de enero dejó un panorama mixto para los precios de los alimentos. Si bien el promedio semanal mostró una suba moderada, la persistencia de aumentos en carnes y verduras confirma que la inflación en productos esenciales sigue siendo un factor estructural de preocupación. Las bajas en otros rubros ayudan a contener el índice general, pero no modifican una dinámica que continúa afectando el poder adquisitivo y condicionando el consumo. En este escenario, la desaceleración observada aparece más como un equilibrio precario que como una tendencia consolidada.

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El Gobierno rompe puentes con la CGT y endurece la pulseada por la reforma laboral

A semanas del inicio del debate formal en el Congreso, el Gobierno decidió excluir a la CGT de cualquier instancia de negociación sobre la reforma laboral. El malestar oficial por gestos políticos recientes de la central sindical selló una ruptura que empuja el conflicto al terreno parlamentario y a la calle.

Cuando restan pocas semanas para que el Congreso comience a discutir formalmente la reforma laboral impulsada por el Ejecutivo, el Gobierno de Javier Milei tomó una definición política de alto impacto: cerrar por completo el diálogo con la Confederación General del Trabajo (CGT), uno de los actores centrales del sistema laboral argentino.

En la Casa Rosada reconocen que la relación con la central obrera atraviesa su peor momento desde el inicio de la gestión libertaria. Funcionarios del oficialismo admiten que “ya no hay margen para negociar” con la CGT, a la que consideran hoy un actor abiertamente confrontativo y sin voluntad de acompañar el proyecto.

El punto de quiebre, según deslizan en Balcarce 50, fueron los gestos políticos recientes del sindicalismo, en particular el comunicado de la CGT contra el DNU 941/2025, que reformó la estructura de la Secretaría de Inteligencia del Estado (SIDE), y las declaraciones públicas de dirigentes históricamente considerados “dialoguistas”, que en las últimas horas cuestionaron con dureza el contenido de la reforma laboral.

Desde el oficialismo interpretan ese endurecimiento como una respuesta a presiones internas del propio entramado sindical, que forzó a referentes con vínculos aceitados con La Libertad de Avanza a abandonar cualquier postura conciliadora. El resultado fue una decisión tajante: la CGT quedó fuera del esquema de consultas.

El artículo sensible y el núcleo del conflicto

Uno de los puntos que más tensiona la relación es el artículo 161 del proyecto, que reduce del 6% al 5% la contribución patronal destinada a las obras sociales sindicales. Para la conducción gremial, la modificación implica un desfinanciamiento directo del sistema de salud laboral, uno de los pilares económicos y políticos del sindicalismo argentino.

Las propias estimaciones oficiales reconocen que la rebaja representaría una pérdida de entre 679 y 700 millones de dólares anuales, una cifra equivalente a aproximadamente el 0,1% del PBI. En la lectura sindical, se trata de un golpe estructural que excede lo fiscal y busca debilitar la capacidad de acción de los gremios.

En el Gobierno, en cambio, consideran que la reacción de la CGT confirma que la reforma avanza sobre privilegios históricos y no sobre derechos laborales básicos. Esa convicción refuerza la decisión de avanzar sin consenso con la central obrera.

Estrategia sindical: gobernadores, Congreso y calle

En la calle Azopardo son plenamente conscientes del escenario. Admiten que no esperan ningún gesto del Ejecutivo y que el canal de diálogo político está virtualmente clausurado. Frente a eso, la CGT redefinió su estrategia: replegarse sobre los gobernadores y buscar que los legisladores provinciales bloqueen o modifiquen el proyecto en el Congreso.

A esa vía institucional se suma la presión social. La conducción sindical apuesta a que la movilización en las calles y la instalación del debate en la opinión pública generen el costo político suficiente para frenar la reforma. En tal sentido, comenzó a sobrevolar una opción de máxima tensión: un paro nacional. Aunque en el oficialismo desestiman esa posibilidad, dentro de la CGT ya no la descartan.

Paro nacional, una carta latente

Cristian Jerónimo, secretario general, dejó abierta esa puerta en declaraciones radiales. Señaló que la central obrera ya desplegó una estrategia política y comunicacional para advertir sobre el alcance de la reforma laboral, combinando trabajo territorial y presencia en redes sociales.
Jerónimo sostuvo que se agotarán todas las instancias institucionales, pero fue explícito al marcar un límite: si no hay respuestas, el Consejo Directivo evaluará los próximos pasos. “No se descarta nada”, afirmó, en una frase que resume el clima de confrontación creciente.

La decisión del Gobierno de excluir a la CGT del diálogo por la reforma laboral marca un punto de inflexión en la relación entre el poder político y el sindicalismo. Lejos de buscar consensos, el oficialismo apuesta a imponer su proyecto con respaldo parlamentario y respaldo social propio, aun al costo de profundizar el conflicto.

Del otro lado, la central obrera se reconfigura como actor opositor, apoyada en los gobernadores, el Congreso y la calle. En ese cruce de estrategias, la reforma laboral se perfila no solo como una discusión técnica, sino como una disputa de poder de fondo que definirá el nuevo equilibrio entre el Estado, el mercado y el movimiento obrero en la Argentina.

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La informalidad ya supera al empleo registrado y profundiza la crisis laboral

Los últimos datos del INDEC confirman una tendencia alarmante: crece el trabajo informal, retrocede el empleo registrado y se desploman los salarios reales. La precarización se consolida como un rasgo estructural del mercado laboral argentino y deja a millones de trabajadores fuera del sistema de protección social.

Según los últimos datos difundidos por el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC), la informalidad laboral alcanzó niveles históricamente elevados. En el sector privado, el 43,8% de los asalariados trabaja sin registración, mientras que entre los trabajadores por cuenta propia la informalidad trepa al 64%, lo que deja a millones de personas sin aportes jubilatorios, cobertura de salud ni derechos laborales básicos.

En términos absolutos, más de nueve millones de trabajadores se encuentran hoy fuera del sistema formal, una cifra que revela la magnitud del problema y explica, en buena medida, el desfinanciamiento crónico del sistema previsional y de la seguridad social.

Sustitución del empleo formal por trabajo precario

Las cifras oficiales muestran que el crecimiento del empleo no responde a una expansión genuina de la actividad económica, sino a un proceso de sustitución del trabajo registrado por modalidades precarias. En comparación con el tercer trimestre de 2023, los asalariados registrados se redujeron en 222.000 personas, mientras que los trabajadores no registrados aumentaron en 231.000 y los cuentapropistas crecieron en alrededor de 400.000, en su mayoría también informales.

Sobre un total de 22.668.000 puestos de trabajo, el empleo asalariado registrado —público y privado— alcanza los 11.063.000, mientras que la suma de asalariados en negro y trabajadores por cuenta propia asciende a 11.605.000, superando por primera vez al empleo formal. El dato sintetiza con claridad el avance de la precarización laboral.

Desde la Secretaría de Trabajo reconocen que “la totalidad de las nuevas inserciones laborales se produce fuera del sistema de seguridad social”. Entre el tercer trimestre de 2024 y el mismo período de 2025, el empleo no registrado creció un 5,3%, mientras que el registrado cayó un 0,6%, profundizando un fenómeno de carácter estructural.

Los sectores más afectados

El impacto de esta dinámica no es homogéneo. Entre los asalariados privados registrados, las mayores pérdidas de puestos de trabajo se concentraron en la construcción (-88.000 empleos), seguida por la industria manufacturera (-46.000) y el transporte y almacenamiento (-38.000), sectores históricamente sensibles a los ciclos económicos y al nivel de actividad.

En cuanto al empleo no registrado, el ranking lo encabeza el personal del servicio doméstico, con 1.152.000 trabajadores en negro, seguido por el comercio mayorista y minorista (851.000), la agricultura y ganadería (632.000) y la construcción (574.000). En varios de estos rubros, los asalariados informales ya superan a los registrados, consolidando esquemas laborales de alta vulnerabilidad.

El trabajo por cuenta propia también se concentra en actividades de baja estabilidad: comercio (1.831.000 puestos), construcción (954.000) e industria manufacturera (792.000), reflejando la falta de alternativas de empleo formal.

Salarios en caída y brechas crecientes

El deterioro del empleo se combina con una fuerte caída del salario real, que afecta tanto a los trabajadores registrados —especialmente del sector público y de convenio— como a quienes se desempeñan en la informalidad. La pérdida de poder adquisitivo profundiza las desigualdades y limita la capacidad de consumo de los hogares.

El economista Martín Redrado advirtió que el mercado laboral que se perfila tiende a priorizar sectores como energía, agro, minería y tecnología, en detrimento de actividades intensivas en mano de obra como la construcción y la industria manufacturera, lo que agrava la exclusión laboral.

En perspectiva internacional, la situación argentina resulta aún más preocupante: estimaciones de la OCDE indican que alrededor del 42% de los ocupados trabaja fuera de la formalidad, una proporción elevada incluso en comparación con otros países de la región y muy por encima de los niveles compatibles con un sistema de protección social sólido.

El panorama que surge de los datos oficiales es contundente. El crecimiento del empleo informal y del trabajo por cuenta propia no responde a una mayor dinámica productiva, sino a la destrucción del empleo con derechos y a la ausencia de políticas públicas capaces de sostener el trabajo registrado.

En la era Milei, la precarización laboral se consolida como un rasgo estructural del mercado de trabajo argentino, dejando a millones de personas fuera del sistema de seguridad social, con salarios en caída y sin un horizonte claro de estabilidad. Un escenario que plantea desafíos profundos no sólo para el presente, sino también para el futuro del empleo, la seguridad social y la cohesión económica del país.

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