Embate presidencial contra la Justicia Laboral: entre la motosierra simbólica y el riesgo institucional
El presidente Javier Milei lanzó una ofensiva directa contra los jueces del fuero del trabajo, acusándolos de obstaculizar su programa de reformas y de proteger intereses sindicales. Mientras promete desarticular la llamada “industria del juicio”, se multiplican las tensiones entre el Poder Ejecutivo y el sistema judicial. Se abre una etapa cargada de confrontación, con profundas implicancias políticas y jurídicas.
La retórica presidencial sumó en las últimas semanas un nuevo blanco predilecto: los magistrados del fuero laboral. En un clima cada vez más impregnado de hostilidad hacia las instituciones que, desde su perspectiva, entorpecen la implementación del ajuste estructural y el rediseño normativo del Estado, Javier Milei decidió confrontar abiertamente con una rama clave del Poder Judicial. El detonante fue una sucesión de fallos adversos que limitaron la aplicación de decretos presidenciales —particularmente los DNU 70, 340 y 430—, considerados esenciales por el oficialismo para desregular el sistema de trabajo, restringir el derecho de huelga y suprimir beneficios estatales.
Lejos de tratarse de un exabrupto aislado, el Presidente no solo replicó publicaciones en redes que convocaban a aplicar la “motosierra” sobre “la industria del juicio”, sino que también avaló el inicio de una campaña política y discursiva que apunta directamente contra la legitimidad y autonomía del fuero laboral. Desde Casa Rosada se habla de jueces que “han destruido a las pymes”, “atrasan un siglo” y que “deben ser sometidos a jury” por su presunta connivencia con intereses corporativos. La jueza Moira Fullana, autora de varios fallos contrarios a decretos oficiales, se convirtió en emblema de esta avanzada y fue estigmatizada públicamente como “militante” por el vocero presidencial, Manuel Adorni.
El discurso del enemigo interno y el riesgo de la estigmatización institucional
La embestida oficial se sostiene sobre una narrativa que equipara a la Justicia del Trabajo con una suerte de brazo jurídico del sindicalismo. El Gobierno afirma que existe un entramado entre estudios jurídicos, peritos judiciales y jueces que, lejos de garantizar derechos laborales, habrían erigido un sistema de litigiosidad funcional a prácticas abusivas. Bajo esta lógica, los fallos judiciales no se evalúan por sus fundamentos, sino por sus efectos sobre el plan económico oficial.
Este planteo no es nuevo. Mauricio Macri ya había hablado, en 2017, de una “mafia de los juicios laborales”, apuntando contra abogados laboralistas y el entonces diputado Héctor Recalde. Sin embargo, la diferencia en el caso actual radica en el nivel de confrontación institucional. El Ejecutivo no se limita a cuestionar políticas o reformas puntuales, sino que desafía el equilibrio de poderes al instalar la idea de que una parte del Poder Judicial actúa como oposición encubierta.
La utilización del término “industria del juicio” como sinónimo de corrupción estructural dentro del sistema judicial laboral no solo desacredita la legitimidad del fuero, sino que desplaza el foco desde el análisis técnico o jurídico hacia el terreno del linchamiento mediático y político. Proponer públicamente investigar patrimonios y exponer rostros y nombres de jueces —como deslizan algunos funcionarios— erosiona principios básicos del Estado de Derecho.
Riesgos del modelo libertario: entre la judicialización creciente y el vaciamiento normativo
El argumento central que esgrime el oficialismo para sostener esta ofensiva es el crecimiento exponencial de la litigiosidad dentro del sistema de riesgos del trabajo. Según datos de la UART, entre junio de 2024 y mayo de 2025 se iniciaron más de 126 mil demandas, una cifra que —proyectan— podría superar las 130 mil en 2025. Para el Ejecutivo, este fenómeno tiene como causa central la existencia de pericias médicas “infladas” y tasas de interés judiciales consideradas “desproporcionadas”, que habrían convertido al reclamo laboral en un negocio más que en una herramienta de justicia.
Sin embargo, reducir el fenómeno a un problema de “oportunismo legal” ignora dimensiones estructurales del mercado laboral argentino: informalidad extendida, precarización creciente, incumplimientos empresariales y deficiencias sistémicas en los mecanismos de prevención de accidentes. Además, si bien la litigiosidad es preocupante, también lo es el desmantelamiento de organismos estatales que regulaban la materia —como la Superintendencia de Riesgos del Trabajo— y la falta de una política articulada para reformar el sistema sin desproteger al trabajador.
El Gobierno apuesta, en el corto plazo, a encontrar respaldo en el Tribunal Superior de Justicia de la Ciudad de Buenos Aires, habilitado por la Corte Suprema a intervenir en causas del fuero nacional. Esta jugada, resistida por buena parte de los magistrados nacionales, abre la puerta a una transformación de fondo: el traspaso efectivo de la Justicia laboral y comercial al ámbito porteño, en cumplimiento de la reforma constitucional de 1994. No obstante, el propio oficialismo reconoce que sin ese traspaso, sus posibilidades de incidir directamente en el funcionamiento del fuero son limitadas.
El enfrentamiento entre el Ejecutivo y la Justicia Laboral representa mucho más que una disputa coyuntural. Es la expresión visible de un modelo político que desconfía de los contrapesos institucionales y busca consolidar una lógica de verticalismo regulatorio, en la cual el Poder Judicial debe limitarse a convalidar los lineamientos gubernamentales. En nombre de la eficiencia, se difunden discursos que igualan la defensa de derechos con la obstrucción al progreso.
El debate sobre la disputas laborales, los abusos en la judicialización y la necesidad de modernizar procedimientos es legítimo y necesario. Pero cuando se transforma en una cruzada para disciplinar jueces, silenciar opiniones divergentes o condicionar fallos mediante la amenaza pública, lo que está en juego no es solo una reforma judicial, sino la salud misma del orden republicano.
La motosierra, elevada a símbolo de época, corre el riesgo de volverse una amenaza no solo para el “gasto público” sino también para el delicado entramado de garantías constitucionales que sostienen el Estado democrático
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La Justicia concedió la apelación del Gobierno, pero mantiene la obligación de financiar a las universidades
El juez Martín Cormick concedió el recurso presentado por el Gobierno nacional contra el fallo que ordenó aplicar la Ley de Financiamiento Universitario, pero dispuso que continúe la ejecución de la medida cautelar. La Cámara deberá revisar la resolución mientras los gremios sostienen la marcha federal del 15 de octubre.
La disputa por el financiamiento universitario sumó una nueva instancia judicial sin modificar, por ahora, la obligación del Gobierno de cumplir con la cautelar vigente. El juez federal Martín Cormick concedió la apelación del Poder Ejecutivo contra la resolución que ordenó aplicar la Ley 27.795, pero dispuso que continúe el trámite para hacer efectiva esa medida mientras interviene la Cámara de Apelaciones en lo Contencioso Administrativo Federal.
La resolución mantiene abierto el reclamo por la actualización de los salarios docentes y nodocentes, las partidas para el funcionamiento de las universidades nacionales y las becas estudiantiles. El tribunal de segunda instancia deberá determinar si confirma o revoca el fallo de primera instancia, mientras el expediente continúa su curso.
Los argumentos del Gobierno
El Ministerio de Capital Humano, encabezado por Sandra Pettovello, cuestionó la medida por considerar que provoca perjuicios institucionales y compromete el equilibrio fiscal. En su presentación, sostuvo que la aplicación de la ley tendría efectos presupuestarios de gran magnitud sin identificar una fuente de financiamiento específica y suficiente.
La cartera también objetó la utilización del amparo colectivo promovido por el Consejo Interuniversitario Nacional (CIN) y la Universidad de Buenos Aires (UBA). Según su planteo, la vía judicial elegida no sería adecuada para resolver una controversia que requiere establecer montos, fuentes de recursos y alcances normativos.
El Ejecutivo argumentó, además, que el financiamiento debería instrumentarse mediante reasignaciones presupuestarias y advirtió que esa alternativa comprometería una proporción significativa de los créditos disponibles para gastos primarios. Para fundamentar su posición, invocó las leyes 24.629, 24.156 y 27.798, vinculadas con la administración y ejecución del gasto público.
La discusión enfrenta así dos cuestiones centrales: el alcance de una ley aprobada por el Congreso y la posición oficial de que su cumplimiento debe ajustarse a las reglas presupuestarias y a la disponibilidad de recursos.
Los gremios ratificaron la marcha del 15 de octubre
Mientras avanza la revisión judicial, las federaciones universitarias confirmaron la Quinta Marcha Federal Universitaria del 15 de octubre. La convocatoria se mantiene ante la falta de certezas sobre la aplicación efectiva de la ley y la recomposición de los ingresos del personal.
El titular de la Federación de Docentes de las Universidades (FEDUN), Daniel Ricci, ratificó la movilización. La Federación Argentina del Trabajador de las Universidades Nacionales (FATUN), que representa al personal nodocente, también anunció que sostendrá las medidas gremiales, incluidos paros escalonados en distintas instituciones.
Según las cifras difundidas por las organizaciones sindicales, el Gobierno habría cancelado el 21,3% de los montos reclamados, mientras que seguiría pendiente un 33,4% de la recomposición salarial y un 20% de los fondos vinculados con presupuesto y becas.
Con la concesión del recurso de apelación y la subsistencia de la medida cautelar, la controversia se eleva a la Cámara sin que se haya dirimido la cuestión presupuestaria. Simultáneamente, las entidades gremiales sostienen las medidas de fuerza como mecanismo de presión, demandando que la resolución judicial impacte de manera efectiva en el sistema universitario nacional.
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Milei y Sturzenegger avanzan con un nuevo plan de retiros voluntarios en el Estado
El Gobierno de Javier Milei prepara un nuevo régimen de retiros voluntarios para reducir la dotación de personal de la Administración Pública Nacional (APN). El proyecto, elaborado por la Secretaría de Transformación del Estado, a cargo de Maximiliano Fariña, bajo la conducción del ministro Federico Sturzenegger.
La iniciativa contempla compensaciones diferenciadas por edad y antigüedad, la eliminación de las vacantes y una prohibición de reingreso al Estado durante ocho años. La iniciativa también exige renunciar a la representación sindical y deja la aprobación de cada solicitud en manos de las autoridades de cada organismo.
La plan todavía debe completar su trámite para convertirse en una norma vigente. Entre sus principales condiciones figura la supresión del cargo presupuestario de cada trabajador que se retire, con la prohibición de cubrir esa vacante durante al menos dos años. El mecanismo busca que las desvinculaciones se traduzcan en una reducción efectiva de la estructura estatal.
El régimen alcanzaría al personal de planta permanente comprendido en la Ley 25.164 y a trabajadores con contratos por tiempo indeterminado bajo la Ley de Contrato de Trabajo. Quedarían excluidos, entre otros, integrantes de las Fuerzas Armadas y de seguridad, personal del Servicio Exterior, organismos de inteligencia y cargos docentes. Tampoco podrían adherir quienes afronten determinados sumarios disciplinarios o procesos judiciales, ni quienes ya estén en condiciones de acceder a la jubilación ordinaria.
Tres modalidades de compensación
El borrador divide a los posibles beneficiarios en tres grupos, con fórmulas de pago diferentes:
Próximos a la edad jubilatoria: mujeres desde los 58 años y hombres desde los 63 que no reúnan los aportes necesarios. Podrían optar por una prestación mensual equivalente al 60% del sueldo bruto habitual hasta alcanzar la edad jubilatoria, con un máximo de 36 meses, o por un pago calculado a razón de un sueldo por año de antigüedad, hasta 18 remuneraciones.
Con edad y aportes para jubilarse: mujeres de entre 58 y 64 años y hombres de entre 63 y 64 que reúnan los años de servicio requeridos. La compensación sería de un sueldo por año de antigüedad, con un tope de 18 salarios, más un adicional equivalente a cinco sueldos.
Trabajadores de menor edad: mujeres de hasta 57 años y hombres de hasta 62. Recibirían un sueldo por año trabajado, con un máximo de 20 remuneraciones, más una compensación adicional de cuatro o cinco sueldos según la antigüedad.
En los casos previstos de pago en cuotas, el proyecto establece desembolsos mensuales consecutivos y fija un límite de $20 millones para cada uno de los dos primeros pagos, con cancelación del saldo restante en una tercera cuota.
Restricciones para volver al Estado
Uno de los puntos centrales del borrador es la prohibición de reingresar al Sector Público Nacional durante ocho años desde la desvinculación. La restricción abarcaría distintas formas de contratación, incluidos cargos jerárquicos, asesorías y programas financiados por organismos internacionales. La excepción contemplada corresponde a la docencia en universidades nacionales.
Si una persona incumpliera esa condición, debería devolver la totalidad de la compensación recibida, actualizada por el índice de precios al consumidor (IPC), más un interés anual del 3%.
El texto también establece una condición que podría generar cuestionamientos sindicales: los empleados con mandato gremial vigente deberían renunciar a su condición de delegados y acreditar esa decisión al solicitar el retiro. La exigencia se extendería a quienes se hubieran postulado como candidatos sindicales.
La facultad de decisión final corresponderá a cada entidad
La incorporación al régimen tendrá carácter voluntario pero requerirá aprobación expresa. Los ministros, secretarios de la Presidencia y demás autoridades competentes estarán facultados para admitir o denegar las solicitudes por necesidades del servicio, conforme al procedimiento establecido en la propuesta.

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Minicuotas Ribeiro bajó la persiana definitiva y dejó a extrabajadores sin cobrar
La cadena de electrodomésticos cerró su local de Villa Mercedes, San Luis, donde había nacido en 1910. Llegó a contar con 87 sucursales y unos 2.500 empleados, pero su crisis financiera derivó en cierres, despidos y salarios pagados en cuotas. Años después, numerosos extrabajadores todavía reclaman las indemnizaciones adeudadas.
El deterioro financiero comenzó a hacerse visible con fuerza durante el gobierno de Mauricio Macri y, hacia fines de 2018, la compañía empezó a fraccionar el pago de los salarios en cuotas. La modalidad que había dado nombre a su negocio se convirtió así en una expresión de la incertidumbre que atravesaba su propia plantilla.
De la expansión al derrumbe
La historia de Ribeiro comenzó como un comercio de joyería, relojería y óptica fundado por Manuel Ribeiro. Con el paso de las décadas, incorporó electrodomésticos y desarrolló un sistema de financiación dirigido a personas que, por sus ingresos o su situación laboral, encontraban dificultades para acceder al crédito tradicional.
Las minicuotas comenzaron como experiencia piloto en 2001 y se lanzaron oficialmente en 2006. El mecanismo permitió ampliar la clientela y sostener la expansión territorial, pero no logró evitar el deterioro posterior de las cuentas de la empresa.
En 2019, Ribeiro solicitó un Procedimiento Preventivo de Crisis, cerró establecimientos y avanzó con despidos mientras buscaba un inversor que permitiera sostener la operación. La incorporación de un socio no se concretó y la reducción de la estructura comercial continuó.
La crisis también estuvo marcada por episodios que reflejaron la desesperación de los trabajadores ante la falta de pago. En Tartagal, una empleada llegó a iniciar una huelga de hambre para reclamar sus haberes. Ese mismo año, otro hecho ocurrido en una sucursal de Caballito expuso el grado de deterioro que atravesaban las relaciones laborales.
Una deuda que sobrevive al cierre
El final comercial de Ribeiro deja una cuenta pendiente: las indemnizaciones que numerosos exempleados todavía esperan cobrar. Durante el proceso de desvinculación, parte de los trabajadores recibió propuestas de pago en cuotas, pero las obligaciones denunciadas permanecieron sin resolución para quienes continúan reclamando.
Para esas familias, la desaparición de la marca no representa el cierre definitivo de la historia. A la pérdida del empleo se sumaron salarios adeudados, incertidumbre económica y años de espera por compensaciones que debían afrontar las consecuencias de los despidos.
El final de Ribeiro encierra una ironía dolorosa. La emblemática cadena, famosa por facilitar el consumo en pequeños pagos, claudicó al no poder afrontar sus propios compromisos con su personal. Hoy, tras el cierre definitivo de su última tienda tras un siglo de historia, el capítulo sigue abierto y amargo para los trabajadores que aún esperan el pago de sus deudas.
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