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En un contexto de creciente tensión política y social, CONADU ha anunciado un plan de acción para defender la educación pública y enfrentar al gobierno de Milei, al que acusa de ser ‘autoritario’ y ‘entreguista’.

La Federación Nacional de Docentes Universitarios (CONADU) lanzó un contundente ataque contra el gobierno de Javier Milei, calificándolo de «autoritario» y «entreguista». En su primera reunión de la Mesa Ejecutiva, CONADU anunció un plan de acción que incluye movilizaciones masivas y un plenario clave para diseñar medidas de lucha.

Carlos De Feo, Secretario General de CONADU, fue claro en su crítica: «Estamos viviendo momentos muy graves. Vemos a un gobierno que no dialoga con las organizaciones sociales ni sindicales y que insiste en avanzar contra la organización de los sectores trabajadores».

Entre las resoluciones adoptadas, CONADU repudió las declaraciones de Milei en Davos y redes sociales, calificándolas de «autoritarias y discriminatorias». También convocó a movilizaciones el 8 de marzo y el 24 de marzo, y exigió la inmediata apertura de paritarias salariales y una recomposición urgente del 30% del poder adquisitivo perdido en el último año.

Además, CONADU convocó a un Plenario de Secretarios/as Generales para avanzar en un plan de lucha unificado. De Feo aseguró que «no nos quedaremos quietos» y que «este plenario será el punto de partida para defender los derechos de la docencia universitaria y enfrentar un modelo que ataca a la educación pública».

La noticia llega en un marco de creciente conflictividad, con advertencias de CONADU sobre el riesgo de un «ajuste histórico» a las universidades. La federación llamó a las bases a sumarse a las movilizaciones y prepararse para acciones escalonadas en defensa del salario y las libertades sindicales.

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Universidades en conflicto: Paro de 72 horas y crece la presión por un plan de lucha más duro

Con un paro nacional de tres días confirmado y crecientes demandas de profundización del conflicto, el sistema universitario argentino atraviesa una de sus momentos más críticos. La disputa salarial, el incumplimiento de la Ley de Financiamiento y el intento del Gobierno de reemplazarla por un nuevo esquema marcan el pulso de una crisis que tensiona a gremios, autoridades académicas y al propio Ejecutivo.

El frente universitario vuelve a ubicarse en el centro de la escena nacional. La Federación Nacional de Docentes Universitarios confirmó un paro de 72 horas que comenzará el lunes 30 de marzo y se extenderá hasta el miércoles, en la antesala del receso por Semana Santa. La medida se inscribe en un conflicto que combina reclamos salariales, deterioro presupuestario y una creciente resistencia a la orientación de la política educativa impulsada por el gobierno de Javier Milei.

El detonante inmediato es la falta de recomposición salarial en un clima inflacionario persistente. Según datos elaborados por equipos técnicos gremiales, la pérdida del poder adquisitivo de docentes y no docentes supera el 50% respecto de fines de 2023, producto del desfasaje entre los incrementos otorgados por la Secretaría de Educación y la evolución del índice de precios.

Pero la disputa excede lo estrictamente salarial. En el centro del problema aparece la aplicación de la Ley de Financiamiento Universitario, cuya implementación el Ejecutivo ha evitado, al tiempo que promueve un nuevo proyecto legislativo orientado a redefinir el esquema de asignación de recursos. Desde el ámbito sindical y académico, la iniciativa es leída como un intento de consolidar el ajuste sobre salarios y gastos operativos.

En ese sentido, la presión interna dentro de las organizaciones gremiales se intensifica. Sectores de base reclaman medidas más contundentes y sostenidas en el tiempo. La adhesión masiva al paro del 14 de marzo operó como un punto de inflexión: fortaleció la percepción de que existe margen para profundizar el plan de lucha y cuestionó las estrategias más moderadas de algunas conducciones.

La presión también alcanza a las autoridades universitarias. Instituciones de peso como la Universidad de Buenos Aires y la Universidad Nacional de La Plata quedaron en el centro de versiones sobre eventuales acuerdos con el Gobierno, aunque la fuerza interna de docentes y trabajadores puso en suspenso cualquier posibilidad de acompañamiento explícito a la iniciativa oficial.

El deterioro presupuestario completa un panorama complicado. Informes de distintas casas de estudio advierten que el incremento de tarifas, tras la reducción de subsidios, elevó los costos de funcionamiento por encima de la inflación promedio. Universidades como la Universidad Nacional de Córdoba enfrentan, según estas evaluaciones, un futuro de “cesación de pagos virtual” en el corto plazo si no se actualizan las partidas.

En este aspecto, comienzan a proliferar formas de autoorganización en facultades y dependencias académicas. Espacios como Medicina, Filosofía y Letras y regionales de la Universidad Tecnológica Nacional ya discuten esquemas de visibilización y medidas de fuerza escalonadas que trasciendan las convocatorias gremiales tradicionales.

El conflicto universitario revela una dinámica de doble presión. Por un lado, el Gobierno busca sostener su programa de ajuste fiscal, incluso a costa de tensar al máximo el vínculo con el sistema educativo. Por otro, los gremios enfrentan una creciente radicalización de sus bases, que perciben insuficientes las respuestas hasta ahora ensayadas.

Este cruce de fuerzas reduce los márgenes de negociación y anticipa un escenario de mayor conflictividad. La posibilidad de una nueva Marcha Federal Universitaria —en línea con la histórica movilización de 2024— aparece como un factor de alto impacto político y social, capaz de reconfigurar el debate público en torno al financiamiento educativo.

Lejos de encaminarse hacia una resolución, el conflicto universitario ingresa en una fase de profundización. El paro de 72 horas es apenas un nuevo capítulo de una disputa estructural que combina salarios deteriorados, presupuesto insuficiente y modelos contrapuestos sobre el rol del Estado en la educación superior. En ese marco, la calle y las aulas se perfilan como los escenarios donde se definirá, en las próximas semanas, el alcance real de una crisis que ya trasciende lo sectorial.

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La suba del combustible amenaza con frenar el transporte de cragas y complica el abastecimiento en todo el país

El acelerado incremento del precio del gasoil reconfigura la estructura de costos del transporte de cargas y expone un desfasaje creciente con las tarifas. Las empresas del sector advierten que la continuidad de esta tendencia podría traducirse en una reducción de servicios y, en el extremo, en problemas de abastecimiento en distintas regiones del país.

La advertencia surge de la Federación Argentina de Entidades Empresarias del Autotransporte de Cargas (Fadeeac), que representa a unas 6.500 pequeñas y medianas firmas. Según detallan, el gasoil —insumo central de la actividad— registró en marzo incrementos acumulados de entre el 20% y el 25%, con múltiples ajustes en pocas semanas. El litro de grado 2, el más utilizado, ya supera los $2.100 y se ubica en torno a US$ 1,50, uno de los valores más elevados de la última década en términos regionales.

El fenómeno no es meramente nominal: impacta de lleno en la ecuación económica de las empresas. “La desproporcionada escalada del precio del gasoil es hoy la principal preocupación”, señaló Cristian Sanz, presidente de la entidad, al describir un escenario en el que el combustible representa cerca de un tercio de los costos operativos. En paralelo, la actividad muestra niveles dispares según el rubro, lo que reduce aún más los márgenes de maniobra.

La velocidad de los aumentos constituye otro factor crítico. Mientras que durante 2025 el gasoil había acumulado una suba del 45% frente a un índice de precios del 31,5%, en apenas veinte días de marzo los incrementos ya alcanzaron un tercio de ese registro anual. La dinámica genera un desfasaje inmediato frente a tarifas que no logran ajustarse con la misma celeridad.

De acuerdo con estimaciones del área de costos de Fadeeac, cada incremento del 10% en el precio del gasoil se traduce en un aumento de al menos 3,5% en los costos de las operaciones de media y larga distancia. Esta relación directa vuelve inviable sostener la actividad si no se produce una actualización tarifaria acorde.

“La actualización debe ser inmediata. De lo contrario, muchas empresas se verán obligadas a dejar de operar”, advirtió Sanz. La afirmación no es menor si se considera que el transporte automotor moviliza más del 90% de las mercaderías en el país y genera alrededor del 4% del empleo nacional. La advertencia, en ese sentido, trasciende el plano sectorial y se proyecta sobre el conjunto de la economía.

El trasfondo internacional agrega presión. El conflicto en Medio Oriente impulsó el precio del barril de Brent desde los US$ 65 a más de US$ 100 en pocas semanas, trasladando presión a los mercados locales. Sin embargo, desde el sector empresario subrayan que el impacto se amplifica por la ausencia de mecanismos que amortigüen las variaciones externas, en un contexto donde la producción doméstica de petróleo muestra signos de crecimiento.

La combinación de estos factores configura un escenario delicado: si la ecuación deja de ser viable, las empresas comienzan a recortar servicios, reducir frecuencias o directamente cesar operaciones. El efecto dominó es inmediato: demoras en entregas, menor disponibilidad de productos y, en última instancia, desabastecimiento.

“Si las tarifas no se adecuan, el sector no podrá seguir operando. No es una amenaza, es una imposibilidad fáctica”, enfatizó Sanz. La definición sintetiza el núcleo del problema: no se trata de una disputa coyuntural, sino de la sustentabilidad de una actividad clave para el funcionamiento económico.

En la práctica, la historia reciente ofrece antecedentes claros. Cada vez que el transporte redujo su capacidad operativa, la cadena logística se resintió, afectando desde alimentos hasta insumos industriales y medicamentos. La dependencia estructural del país respecto del transporte automotor amplifica cualquier distorsión en el sector.

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Estatales sanjuaninos cobrarán el 31 de marzo con aumento y bono en abril

La administración provincial informó que los haberes de marzo estarán disponibles el martes 31, con una suba del 5%. Además, confirmó el pago de un bono no remunerativo de $120.000 para mediados de abril.

El Gobierno de San Juan oficializó el cronograma de pagos para los trabajadores de la Administración Pública, estableciendo que los sueldos correspondientes a marzo de 2026 serán acreditados el próximo martes 31 en las cuentas bancarias de los agentes estatales. La confirmación fue realizada por el Ministerio de Economía, Finanzas y Hacienda, que además detalló los componentes de la liquidación.

En esta oportunidad, los haberes incluirán un incremento del 5%, en línea con la política de actualización salarial definida para el sector público. La suba forma parte de un esquema de recomposición que busca amortiguar el impacto de la inflación sobre los ingresos de los trabajadores estatales.

A su vez, el Ejecutivo anunció el pago de un bono extraordinario de $120.000, que se abonará el 15 de abril. Según se precisó, la suma tendrá carácter no remunerativo y no bonificable, y alcanzará a la totalidad de los empleados públicos, incluyendo tanto a planta permanente como a trabajadores contratados.

Desde la cartera económica también recordaron que los cajeros automáticos estarán habilitados durante las 24 horas desde el momento de la acreditación, lo que permitirá a los beneficiarios disponer de sus salarios sin restricciones horarias. En este sentido, se mantiene vigente la posibilidad de extracción de efectivo mediante tarjeta de débito en comercios adheridos —como supermercados y estaciones de servicio— a través del sistema Visa Extra Cash, ampliando las alternativas de acceso al dinero.

La definición del cronograma salarial y la incorporación de un bono extraordinario configuran una señal de contención en un contexto económico desafiante. Con aumentos moderados y refuerzos puntuales, la administración sanjuanina busca sostener el poder adquisitivo de los estatales, mientras mantiene previsibilidad en el esquema de pagos.

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