Finalmente se rompió el bloque de la UCR en Diputados
La interna en el radicalismo terminó por estallar y este miércoles se confirmó la ruptura del bloque en la Cámara de Diputados, por la que doce legisladores cercanos a Facundo Manes y Martín Lousteau pasarán a formar parte de un nuevo espacio interbloque.
La gota que colmó el vaso fue el encuentro que mantuvieron en la Casa Rosada legisladores que responden al jefe de bancada, Rodrigo de Loredo (principalmente, integrantes de la comisión de Presupuesto), con miembros del Gobierno nacional, entre los que se encontraban Federico Sturzenegger, Santiago Caputo y Martín Menem.
Y es que, precisamente, desde hace algunos días, el sector menos dialoguista del bloque había dado señales claras de querer abandonar el espacio si desde el mismo no se tomaba una postura más crítica del Gobierno.
Esta situación se generó a partir de la postura de los diputados Mariano Campero, Luis Picat, José Federico Tournier, Martín Arjol y Pablo Cervi de no oponerse a los recientes vetos del presidente Javier Milei a la movilidad jubilatoria y el financiamiento universitario, motivo por el cual se llegó a pedir la expulsión de los mismos, una acción que no fue respaldada por la mayoría restante.
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El Gobierno busca acuerdos con la CGT y empresarios por la reforma laboral
Frente al fuerte rechazo sindical y a la falta de consensos legislativos, el Gobierno nacional decidió abrir una mesa de diálogo con la CGT y el sector empresario. Desde el 16 de enero funcionará una comisión técnica en el Senado para analizar modificaciones al proyecto, con la mira puesta en llevarlo al recinto el 10 de febrero.
La reforma laboral impulsada por el Ejecutivo atraviesa su momento más delicado en el Congreso. La resistencia de la Confederación General del Trabajo (CGT), sumada a las dudas de sectores empresarios y a la fragilidad del oficialismo en el Senado, obligó al Ejecutivo a recalibrar su estrategia y apostar ahora al diálogo como vía para destrabar la iniciativa.
La decisión política fue confirmada por la senadora Patricia Bullrich, jefa del bloque de La Libertad Avanza en la Cámara Alta, quien reconoció que el Gobierno está dispuesto a introducir cambios en el proyecto con el objetivo de reunir los votos necesarios para su aprobación. “El objetivo es votar la ley y, así como hubo cambios en la Ley Bases, va a haber cambios para llegar a los consensos”, afirmó.
En ese marco, el próximo 16 de enero comenzará a funcionar una comisión técnica en el Senado, encabezada por Josefina Tajes, asesora de Bullrich. El espacio analizará los planteos formulados por el sindicalismo y por distintas entidades empresariales, en coordinación con los bloques legislativos que vienen acompañando al oficialismo. La intención es avanzar hacia un dictamen consensuado y llevar la iniciativa al recinto el 10 de febrero.
Además, el Gobierno iniciará la semana próxima una instancia formal de diálogo con la CGT, en un intento por reducir tensiones y explorar posibles puntos de acuerdo. Sin embargo, desde el oficialismo aclaran que la negociación tendrá límites claros.
“Estamos escuchando a todos y vamos a tomar las cosas que sean razonables y apunten a que el mercado laboral crezca. Lo que no queremos es que todo quede igual”, sostuvo Bullrich, al reiterar la visión oficial de que el actual esquema laboral está agotado y desalienta la creación de empleo formal.
Según la senadora, uno de los ejes centrales de la reforma es brindar mayores certezas a las empresas, particularmente en materia de litigios laborales, contingencias e indemnizaciones. En ese sentido, lanzó un mensaje directo al sindicalismo: “Si la CGT quiere cuidar el empleo, tiene que ayudar a que las cosas se puedan cambiar”.
Bullrich también aclaró que, hasta el momento, la central obrera no presentó una contrapropuesta formal por escrito, aunque aseguró que cualquier iniciativa será evaluada siempre que no implique sostener el statu quo. Las negociaciones, agregó, se concentrarán principalmente en el Senado, donde el oficialismo busca articular acuerdos con el radicalismo, el PRO y bloques provinciales.
Uno de los puntos más sensibles del proyecto —las cuotas solidarias sindicales— también formará parte de la discusión. Desde el Gobierno insisten en que la reforma debe abordarse de manera integral, incluyendo modalidades de contratación, convenios colectivos y modernización del sistema laboral. “No se puede acordar solo lo que le conviene a una de las partes”, remarcó la senadora.
La postura de la CGT
En este sentido, la CGT endureció su discurso. Esta semana difundió un comunicado titulado “La reforma laboral también impacta en tu salud”, en el que la Secretaría de Acción Social, encabezada por José Luis Lingeri, advirtió sobre las consecuencias que tendría la iniciativa oficial sobre el financiamiento y el funcionamiento de las obras sociales sindicales.
“Menos recursos no generan beneficios reales: generan más dificultades, menos prestaciones y un retroceso en un derecho básico”, señaló la central obrera, que rechazó de plano la idea de que el debate se limite a una discusión corporativa. “No se trata de cajas ni de intereses sectoriales”, enfatizó el texto.
Con el proyecto aún lejos de garantizarse la aprobación, el Gobierno decidió abrir una instancia de negociación que busca descomprimir el conflicto social y político que rodea a la reforma laboral. El desafío será lograr modificaciones suficientes para sumar apoyos sin desnaturalizar una iniciativa que el oficialismo considera estructural. En un escenario de fuerte tirantez social y sindical, el diálogo aparece ahora como la única vía posible para evitar que la reforma quede empantanada en el Senado.
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Reforma laboral: Gobernadores denuncian una “reforma tributaria encubierta” en el proyecto oficial
El capítulo tributario de la reforma laboral impulsada por el Ejecutivo encendió la alarma en las provincias. Los cambios en Ganancias y la eliminación de impuestos internos amenazan con recortar recursos coparticipables clave, en un marco de finanzas provinciales ya tensionadas y una distribución desigual de beneficios fiscales.
La reforma laboral que el Gobierno nacional busca aprobar en las próximas semanas abrió un nuevo y delicado frente de conflicto político. Esta vez, el foco no está puesto en los sindicatos ni en el Congreso, sino en las provincias, que advierten que el proyecto incluye modificaciones tributarias con impacto directo sobre la coparticipación federal y denuncian una transferencia de costos hacia los distritos subnacionales.
El núcleo de la preocupación reside en los cambios propuestos al impuesto a las Ganancias, uno de los tributos con mayor peso en la masa coparticipable. Según el proyecto de “modernización laboral”, se plantea una reducción de alícuotas para las sociedades en los tramos más altos y la exención del impuesto para los alquileres destinados a vivienda. Para los gobernadores, estas medidas implican una caída automática de recursos sin ningún mecanismo de compensación.
De acuerdo con un informe del Instituto Argentino de Análisis Fiscal (IARAF), el costo fiscal directo inicial de estas modificaciones alcanzaría el 0,22% del PBI, equivalente a $1,9 billones anuales. De ese total, $1,12 billones impactarían de manera directa en las provincias y en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, que verían reducidos sus ingresos coparticipables.
Impacto desigual y beneficios concentrados
La pérdida de recursos no sería homogénea. La provincia de Buenos Aires aparece como la más afectada, con un recorte estimado en $238.558 millones, seguida por Santa Fe, Córdoba, Chaco, Entre Ríos, Tucumán y Mendoza. En todos los casos, se trata de distritos con estructuras fiscales frágiles y fuertes compromisos en materia de educación, salud y asistencia social.
Desde el Gobierno, la defensa oficial se apoya en el argumento de que la baja de Ganancias busca mejorar la rentabilidad empresaria y estimular la inversión privada. Sin embargo, en las provincias cuestionan con dureza el reparto de costos y beneficios. El senador Jorge Capitanich fue uno de los más explícitos al calificar la iniciativa como “una reforma tributaria encubierta” que favorece a un grupo reducido de grandes empresas.
Los números refuerzan esa crítica: el tramo más alto del impuesto a las Ganancias, que concentra el 76% de la recaudación, alcanza apenas a 1.856 sociedades, alrededor del 1% del total. La reducción de alícuotas, sostienen los detractores del proyecto, beneficia a ese universo acotado mientras traslada el ajuste al conjunto de las provincias.
Impuestos internos y otro golpe a la coparticipación
A los cambios en Ganancias se suma la eliminación de impuestos internos que gravan rubros como seguros, telefonía celular, artículos suntuarios, vehículos de alta gama, embarcaciones de recreo y aeronaves. Según estimaciones del Centro de Economía Política Argentina (CEPA), esta decisión tendría un costo fiscal cercano a los 334 millones de dólares anuales, aunque Capitanich eleva esa cifra a 548 millones.
Se trata, además, de tributos coparticipables desde 1996, por lo que su eliminación representa otro recorte directo a las finanzas provinciales. La preocupación se agrava si se considera que, en paralelo, el Estado nacional continúa trasladando responsabilidades a los distritos —como en el caso de la educación— sin garantizar los recursos necesarios para sostenerlas.
El malestar provincial se potencia por las asimetrías en la distribución de transferencias automáticas. Un informe de Politikon Chaco revela que las provincias alineadas con el oficialismo registraron incrementos superiores al 200%, mientras que los distritos más críticos del Gobierno no alcanzaron el 50%, profundizando las tensiones políticas y fiscales.
Con el dictamen ya firmado, el ministro del Interior, Diego Santilli, y la jefa del bloque de senadores libertarios, Patricia Bullrich, se preparan para una ronda de negociaciones que promete ser intensa. El objetivo oficial es llevar el proyecto al recinto en la segunda semana de febrero, aunque el desenlace permanece abierto.
El interrogante central no es solo si la reforma laboral logrará los votos necesarios, sino si el Gobierno estará dispuesto a revisar su capítulo tributario para evitar una ruptura más profunda con las provincias. En un contexto de ajuste fiscal, recursos escasos y creciente desigualdad territorial, la discusión expone una rigidez estructural: quién paga el costo de las reformas y quién se queda con sus beneficios.
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Petróleo y minería sin efecto derrame: las regiones energéticas pagan el costo del ajuste
Mientras el Gobierno nacional presenta al petróleo y la minería como pilares del crecimiento, en las provincias energéticas se profundiza la pérdida de empleo, la caída del ingreso y la fragilidad del entramado productivo. El ajuste se territorializa y desnuda una nueva brecha federal.
El debate económico argentino suele concentrarse en variables macroeconómicas y balances sectoriales agregados, pero deja en un segundo plano una dimensión clave: el impacto territorial del modelo productivo. En ese plano, los datos del mercado laboral en petróleo y minería revelan una paradoja inquietante. Los sectores que el gobierno de Javier Milei presenta como “motores del desarrollo” no solo no están generando empleo, sino que están destruyendo puestos de trabajo en las regiones donde históricamente funcionaron como columna vertebral de la economía local.
Según datos oficiales, el complejo de petróleo y minería cuenta hoy con unos 87.500 empleos formales, frente a los 94.600 registrados en noviembre de 2023. En poco más de un año se perdieron más de 7.000 puestos, una caída que se consolida desde mediados de 2024 y que tiene consecuencias particularmente severas en provincias altamente dependientes de estas actividades.
La situación se vuelve más evidente en territorios como Chubut y Santa Cruz, corazón de la Cuenca del Golfo San Jorge, donde la actividad hidrocarburífera no solo explica el empleo directo, sino también buena parte del consumo, la recaudación y la dinámica del comercio regional. Allí, la retracción del empleo petrolero actúa como un factor de arrastre negativo sobre todo el tejido económico.
Federalismo estadístico y desigualdad real
Las estadísticas oficiales muestran tasas de desempleo relativamente bajas en estas provincias, pero los registros del Sistema Integrado Previsional Argentino (SIPA) cuentan otra historia: una pérdida sostenida de empleo formal, especialmente en puestos calificados y de altos ingresos. Esta brecha entre indicadores no es casual, sino el reflejo de un proceso de degradación laboral que no siempre se traduce en desocupación abierta.
En las regiones energéticas, el ajuste adopta formas silenciosas: retiros voluntarios, jubilaciones anticipadas, contratos no renovados y un desplazamiento hacia la informalidad.
Para la metodología del INDEC, quien abandona la búsqueda activa de empleo deja de ser desocupado, aunque haya sido expulsado del circuito formal. Así, miles de ex trabajadores petroleros pasan a engrosar un universo de ocupaciones precarias —delivery, transporte, changas, microemprendimientos— que sostienen la subsistencia, pero no reemplazan la calidad del empleo perdido.
Este fenómeno genera un efecto particularmente regresivo en el interior del país, donde las alternativas laborales son más limitadas y la dependencia de un solo sector productivo amplifica los impactos negativos.
Salarios, consumo y economías regionales en retroceso
La pérdida de empleo petrolero no es solo una estadística laboral: es un shock económico regional. Un trabajador de yacimiento puede percibir ingresos cercanos a los 3,8 millones de pesos netos mensuales, con aportes, cobertura de salud y capacidad de crédito. Ese salario dinamiza el comercio, los servicios, la construcción y la recaudación provincial y municipal.
Cuando ese puesto desaparece, lo que lo reemplaza suele ser empleo informal o cuentapropismo de baja productividad, con ingresos 50% inferiores o más, sin estabilidad ni protección social. En términos concretos, se necesitan dos o tres trabajos precarios para igualar el ingreso que generaba un solo empleo petrolero.
Las estimaciones regionales indican que la Cuenca San Jorge perdió alrededor de 300.000 millones de pesos anuales en capacidad de consumo, una cifra que explica la caída del comercio, el cierre de pymes y el deterioro del entramado social en ciudades fuertemente ligadas a la actividad energética.
Un modelo que concentra rentas y descentraliza costos
Incluso dentro del propio sector energético, la reabsorción de trabajadores se produce bajo condiciones cada vez más desfavorables. Cambios de concesión, relicitaciones y reestructuraciones empresarias derivan en recortes salariales del 30 al 35%, reducción de beneficios y flexibilización de condiciones laborales, con el argumento de mejorar la competitividad.
Este esquema revela un problema estructural del modelo actual: las rentas y las decisiones estratégicas se concentran, mientras que los costos sociales y laborales se territorializan. Las provincias productoras asumen el impacto del ajuste sin herramientas fiscales, crediticias o de política industrial que amortigüen la caída.
En términos federales, el resultado es una profundización de las asimetrías: regiones ricas en recursos naturales, pero cada vez más pobres en empleo de calidad y capacidad de desarrollo endógeno.
El escenario energético actual deja una advertencia que trasciende al sector. El bajo desempleo agregado no alcanza para evaluar la salud de una economía, especialmente en un país federal y desigual como la Argentina. Lo que está en juego no es solo cuántos puestos existen, sino dónde se destruyen, qué calidad tenían y qué los reemplaza.
Hoy, el petróleo y la minería ya no funcionan como anclas de desarrollo regional. Lejos del efecto derrame prometido, concentran incertidumbre, ajuste y precarización en las provincias productoras. Sin una estrategia federal que articule inversión, empleo y desarrollo territorial, el modelo energético corre el riesgo de consolidar un país con enclaves extractivos prósperos y regiones cada vez más frágiles.
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