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 El Secretario General de ATE Nacional, Rodolfo Aguiar, aseguró que «el sindicalismo no puede integrar el Consejo de Mayo» y remarcó que «no habrá ningún dirigente gremial dispuesto y que tenga mandato para eso».

El dirigente aseguró que con la propuesta «el Gobierno está buscando cómplices para la entrega y participes necesarios para la estafa». «Se someten al poder extranjero y delinquen contra la Constitución Nacional. Van a terminar todos presos», sostuvo.

ATE fue el gremio que se manifestó el sábado en cercanías al aeropuesto de Córdoba para bloquear la llegada del presidente Milei al lugar, donde compartió acto con el gobernador Martín Llaryora.

Los manifestantes del sindicato estatal fueron reprimidos por Gendemería, según denunció Aguiar, que afirmó que golpearon y dispararon con balas de goma a los trabajadores. Piden que el gobierno nacional se responsabilice de los heridos.

“Esto es violencia institucional. No podemos naturalizar lo que está pasando. Estamos ejerciendo de manera pacífica nuestros derechos constitucionales. Están utilizando la fuerza de seguridad de una manera que pone en riesgo la democracia. Tienen que tener claro que si pretenden infundirnos miedo, temor y disciplinarnos, no lo van a lograr. Vamos a seguir estando en la calle”, desafió.

Qué es el Consejo de Mayo

El Consejo de Mayo tendrá la responsabilidad de trabajar en proyectos de ley que materialicen los principios adoptados en el fallido Pacto de Mayo.

Según el Presidente, el Consejo será creado por el Poder Ejecutivo Nacional una vez que se lleve a cabo el Pacto de Mayo y estén sancionadas la Ley Bases y el paquete fiscal, iniciativas del Gobierno que están siendo discutidas en el Senado y que ya tienen media sanción de la Cámara de Diputados.

Respecto a su composición, el Consejo estará conformado por diferentes instituciones que contarán con un representante dentro del grupo. En rigor, tendrá un integrante del Poder Ejecutivo Nacional, uno por las provincias, un representante por cada cámara del Congreso de la Nación, un referente de los sindicatos y otro de los empresarios.

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Tía Maruca abandona su planta histórica en Albardón y redefine su negocio

La tradicional empresa sanjuanina cesa la fabricación en su planta insignia y adopta un esquema de tercerización para sostener su presencia en el mercado. La unidad productiva seguirá operando bajo nueva conducción, con continuidad para sus casi 300 trabajadores.

La historia industrial de San Juan suma un episodio decisivo. La marca de galletitas Tía Maruca resolvió abandonar la elaboración directa en su planta de Albardón, un establecimiento que durante años simbolizó su crecimiento y consolidación en el mercado nacional. La decisión implica un cambio estructural profundo: la firma dejará de producir para pasar a encargar su manufactura a terceros, en un intento por asegurar su viabilidad en un escenario económico adverso.

El viraje responde a una lógica de supervivencia. Con costos operativos elevados y un consumo interno debilitado, la compañía optó por desprenderse del peso que supone sostener una estructura industrial propia. El modelo “a façón”, ampliamente extendido en la industria alimentaria, le permitirá concentrarse en la gestión comercial y de marca, delegando la producción en plantas externas.

Lejos de significar el cierre del complejo fabril, la planta de Albardón inicia una nueva etapa. El establecimiento fue adquirido por el empresario Juan Carlos Crovela, vinculado a la actividad agroindustrial, quien asumió el control con el objetivo de reconvertir la unidad en un proveedor de servicios para distintas compañías del rubro. Según fuentes del sector, la nueva administración avanzó en la regularización de compromisos salariales pendientes, aportando previsibilidad tras un prolongado período de incertidumbre.

En ese sentido, uno de los datos más relevantes es la continuidad laboral: la totalidad de los trabajadores —cerca de 300— será absorbida por la nueva gestión. No obstante, el perfil productivo cambiará de manera sustancial. La planta dejará de elaborar las líneas tradicionales de Tía Maruca y pasará a fabricar para terceros, bajo contratos industriales que redefinirán su rol dentro de la cadena alimentaria.

El desenlace actual no puede entenderse sin revisar el deterioro acumulado. La empresa arrastra dificultades desde 2019, cuando ingresó en concurso preventivo con un pasivo significativo. Aquel proceso marcó el inicio de una etapa de reestructuración permanente. En 2024, el ingreso del grupo Argensun Foods —conocido por su marca Pipas— aportó capital y permitió ordenar compromisos financieros, aunque no logró revertir por completo las presiones internas.

El cierre de la planta de Chascomús en 2025, con la consecuente pérdida de puestos de trabajo, anticipó el rumbo que finalmente se consolidó en San Juan. La decisión de abandonar la producción propia aparece así como la culminación de una secuencia prolongada de ajustes, en la que la compañía fue reduciendo su exposición industrial para preservar su continuidad como marca.

Durante su etapa de expansión, Tía Maruca había logrado posicionarse con fuerza en el mercado local, alcanzando una participación cercana al 5%. La adquisición de la planta de Albardón en 2017 —anteriormente operada por PepsiCo— fue el punto más alto de ese proceso. Desde allí no sólo producía sus propias líneas, sino también elaboraba para terceros bajo acuerdos específicos, lo que evidenciaba una capacidad industrial relevante.

Hoy, ese esquema queda definitivamente atrás. La empresa, aún bajo la órbita de Alejandro Ripani y con participación de Argensun Foods, se encamina a convertirse en una firma orientada a la comercialización, apoyada en una red de producción externalizada. La marca continuará en las góndolas, pero ya no estará asociada a una fábrica propia en la provincia.

El caso Tía Maruca sintetiza una tendencia más amplia dentro del entramado productivo: la migración desde estructuras industriales integradas hacia modelos más livianos, centrados en la gestión de marca y la tercerización. La preservación del empleo en Albardón introduce un matiz relevante en un presente habitualmente marcado por cierres y despidos. Sin embargo, el repliegue industrial de la firma deja una señal inequívoca sobre las dificultades que enfrenta el sector alimentario para sostener procesos productivos propios en la Argentina actual.

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La CGT endurece su postura y proyecta una movilización masiva el 30 de abril

Cristián Jerónimo anticipó una marcha multitudinaria para el Día del Trabajador, con un mensaje crítico hacia la política económica del Gobierno. La central obrera busca consolidar su liderazgo en la protesta social y frenar el avance de la reforma laboral.

La Confederación General del Trabajo afina los detalles de una movilización que aspira a convertirse en una de las expresiones más contundentes del año. Prevista para el 30 de abril, la convocatoria se propone trascender el ámbito gremial y reunir a un amplio espectro de actores sociales en rechazo al rumbo económico impulsado por la administración de Javier Milei.

Cristián Jerónimo, integrante del triunvirato que conduce la central y referente del Sindicato del Vidrio, delineó los objetivos de la jornada y fijó una posición sin matices frente a las iniciativas oficiales. El dirigente sostuvo que el movimiento obrero se erige hoy como el principal dique frente a medidas que, a su entender, erosionan derechos laborales y profundizan las dificultades de los sectores más vulnerables.

La marcha tendrá, además, un componente simbólico. Coincidirá con la conmemoración del Día del Trabajador y concluirá con un homenaje a Papa Francisco, al cumplirse un año de su fallecimiento. La central prevé una participación que exceda a los gremios tradicionales, incorporando a organizaciones estudiantiles, espacios culturales y movimientos sociales.

El trasfondo de la convocatoria se vincula con el rechazo a la reforma laboral promovida por el Ejecutivo. Jerónimo cuestionó la insistencia oficial en reactivar la iniciativa a través de mecanismos judiciales, interpretando esa estrategia como un intento de sortear los límites institucionales. Desde la CGT sostienen que la normativa implica un retroceso en materia de derechos adquiridos y ratifican su decisión de resistir cualquier modificación en ese sentido.

Las críticas también alcanzan al programa económico en su conjunto. El dirigente puso el foco en la evolución de los precios y en la pérdida del poder adquisitivo, al tiempo que advirtió sobre las dificultades cotidianas que enfrentan amplios sectores de la población. En ese aspecto, subrayó inconsistencias en el discurso gubernamental respecto del rol del Estado, particularmente en lo referido a la intervención en negociaciones salariales.

Otro de los ejes planteados por la conducción sindical es la defensa de la estructura productiva y de los organismos de control. Jerónimo remarcó la importancia de las áreas vinculadas a la fiscalización aduanera y tributaria como herramientas para resguardar la industria nacional. A su juicio, cualquier debilitamiento en esos dispositivos impactaría de manera directa en el empleo y en la competitividad de las empresas locales.

En el plano político, el dirigente instó al peronismo a recomponer su cohesión interna y a recuperar capacidad de representación frente al malestar social. Evitó alineamientos personales, pero insistió en la necesidad de construir una alternativa amplia que canalice las demandas de los trabajadores.

La CGT busca revalidar su centralidad en un momento de redefiniciones profundas. La movilización del 30 de abril no será sólo una conmemoración, sino una señal de posicionamiento frente a un modelo económico que el sindicalismo cuestiona con firmeza. En ese pulso, la calle vuelve a ocupar un lugar decisivo como espacio de expresión y disputa.

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Cambio de manos o continuidad condicionada: San Juan redefine el control de su sistema eléctrico

El llamado a concurso internacional para vender el 51% de la distribuidora eléctrica inaugura un nuevo ciclo de gestión en San Juan. Aunque el Gobierno garantiza que no habrá impacto inmediato en el servicio, el proceso reabre el debate sobre la eficacia del modelo concesionado, la calidad de las inversiones y el rol del Estado en un sector estratégico.

La decisión del Ente Provincial Regulador de la Electricidad de activar la venta del paquete accionario mayoritario de Naturgy San Juan S.A. no es un movimiento discrecional ni una señal de crisis empresaria. Es, en rigor, el cumplimiento estricto de un contrato diseñado hace tres décadas, en pleno auge de las privatizaciones, cuando el sistema energético argentino fue reorganizado bajo la lógica de concesiones de largo plazo y competencia regulada.

Sin embargo, que el proceso sea formalmente obligatorio no lo vuelve neutro en términos políticos ni económicos. Por el contrario, expone —una vez más— las tensiones de un modelo que, si bien ha logrado sostener la prestación del servicio, arrastra cuestionamientos persistentes en torno a la calidad de las inversiones, la evolución tarifaria y la capacidad real del Estado para ejercer un control efectivo.

El nuevo llamado a licitación, que definirá quién controlará el 51% de las acciones Clase A, marca el inicio del denominado Tercer Período de Gestión. En los papeles, se trata de una instancia pensada para introducir competencia, comparar ofertas y garantizar estándares internacionales. En la práctica, la experiencia previa invita a matizar ese optimismo: en 2011, un proceso similar quedó desierto, consolidando la continuidad del operador sin que mediara competencia real.

El esquema actual repite una lógica que combina apertura formal con fuertes incentivos a la continuidad. Los actuales accionistas tienen la potestad de igualar la mejor oferta que surja del concurso. Esto implica que cualquier intento de ingreso de nuevos actores dependerá no solo de su capacidad financiera, sino también de la voluntad del operador vigente de sostener su posición. La competencia, en este sentido, aparece condicionada desde el origen.

Desde el organismo regulador insisten en que el proceso no tendrá impacto en los usuarios: no habrá modificaciones en el suministro ni alteraciones contractuales inmediatas. Es una aclaración necesaria, aunque insuficiente para disipar las dudas de fondo. Porque el verdadero debate no pasa por la continuidad del servicio en el corto plazo —algo que ningún actor pone en riesgo— sino por la calidad estructural del sistema, su capacidad de expansión y la sostenibilidad de las inversiones en un contexto económico cada vez más incierto.

Una herencia que se revisa, pero no se discute

El origen de este esquema se remonta a 1996, cuando el entonces servicio estatal, en manos de Servicios Eléctricos Sanjuaninos, fue transferido al sector privado. El contrato estableció una concesión de 50 años dividida en períodos sucesivos, con revisiones obligatorias al cierre de cada ciclo. La lógica era clara: garantizar eficiencia privada bajo supervisión estatal.

Tres décadas después, el balance es más complejo. Si bien el sistema evitó colapsos estructurales, la discusión sobre tarifas, inversión y calidad del servicio sigue abierta. Y este nuevo proceso licitatorio, lejos de clausurar ese debate, lo reactiva.

El informe técnico que elaborará la veeduría designada por el EPRE —que incluirá el estado de los activos, el nivel de litigiosidad y la situación del personal— será clave para entender el punto de partida. Pero incluso ese diagnóstico, por más exhaustivo que resulte, no resuelve una pregunta central: ¿qué modelo energético necesita San Juan para los próximos años?
Inversión, riesgo y rentabilidad: el triángulo decisivo

En el mercado energético, las decisiones no se toman en abstracto. Los potenciales oferentes evaluarán variables concretas: previsibilidad regulatoria, esquema tarifario, costos operativos y horizonte macroeconómico. En ese tablero, Argentina sigue presentando incertidumbres que suelen desalentar apuestas de largo plazo.

Por eso, aunque circulen versiones sobre el interés de grupos económicos con presencia en otras jurisdicciones, el escenario más probable no necesariamente es el de una competencia feroz, sino el de una continuidad negociada. Una continuidad que, en términos formales, cumple con las reglas, pero que en términos sustantivos deja abierta la discusión sobre la efectividad del mecanismo.

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