CONÉCTATE CON NOSOTROS

La Central de Trabajadores de la Argentina (CTA Autónoma), a través de su secretario general, Hugo “Cachorro” Godoy, realizó una presentación ante la Jefatura de Gabinete de Ministros de la Nación, a cargo del candidato a vicepresidente, Agustín Rossi, y otra ante el Ministerio de Trabajo que encabeza Raquel “Kelly” Olmos, para exigir aumentos y paritarias, entre otros.

En el texto difundido por la central, se hace foco en la preocupación por “las políticas inflacionarias impuestas a través del acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI), que agravan la pobreza y la indigencia de nuestro pueblo y beneficia a las empresas exportadoras más concentradas y al sector financiero especulativo”.

Las exigencias que presentó formalmente la CTA Autónoma son las que se habían definido tras la reunión de la Comisión Ejecutiva Nacional: un aumento de emergencia para trabajadores formales e informales, activos, jubilados y de la economía popular; la inmediata convocatoria al Consejo del Salario; reaperturas de paritarias, medidas urgentes de congelamientos de precios y castigo a los formadores de precios que especulan y agravan el deterioro de los ingresos de gran parte de las familias argentinas.

Continúe Leyendo

destacada

Entre el agua y el desarrollo: ASIJEMIN pide control ambiental, ley moderna y centralidad del trabajo

En el inicio del debate parlamentario por la Ley de Glaciares, el sindicato que nuclea a los cuadros jerárquicos del sector minero fijó una posición que busca salir de la lógica binaria entre ambiente y producción. Reclamó una actualización profunda del marco normativo, propuso crear un organismo de control autónomo y volvió a poner en agenda la deuda previsional con los trabajadores.

La discusión por el futuro de la política minera argentina sumó un actor con peso específico en el inicio de las audiencias públicas en la Cámara de Diputados. La Asociación Sindical del Personal Jerárquico, Profesional y Técnico de la Actividad Minera Argentina (ASIJEMIN) irrumpió con una postura que intenta reconfigurar los términos del debate: ni negación del impacto ambiental ni defensa acrítica del extractivismo, sino una síntesis que articule desarrollo, regulación y derechos laborales.

La voz del sector fue encarnada por su secretario general, Marcelo Mena, quien desde el inicio marcó un reclamo de representación largamente postergado. “Es un orgullo que nos escuchen después de tanto tiempo”, expresó, en una frase que no sólo funcionó como apertura discursiva, sino como señal política: el sindicalismo minero busca ocupar un lugar activo en la definición de las reglas del sector.

Uno de los ejes más contundentes de su exposición fue la defensa explícita de los recursos estratégicos. “Proteger los glaciares es innegociable. Proteger la vida y el agua es innegociable”, afirmó, desmarcándose de cualquier lectura que ubique al gremio en una posición refractaria a las demandas ambientales. Sin embargo, ese posicionamiento no derivó en una aceptación pasiva del statu quo, sino en una crítica más amplia al enfoque fragmentado del debate.

Para el dirigente, discutir exclusivamente la Ley de Glaciares implica eludir un problema estructural: la obsolescencia del marco normativo que regula la actividad. Con un Código de Minería que arrastra más de 150 años, la actividad se desenvuelve —según planteó— bajo parámetros que no dialogan con las exigencias tecnológicas, ambientales ni productivas contemporáneas. “No solamente hay que discutir una ley de glaciares. Tenemos que discutir una ley nacional de minería”, enfatizó, en lo que constituye uno de los planteos más integrales surgidos hasta ahora en el ámbito parlamentario.

En ese sentido, ASIJEMIN propuso avanzar hacia una legislación moderna que otorgue previsibilidad, ordene la actividad y establezca estándares claros para todos los actores involucrados. La iniciativa no es menor: en un contexto de creciente interés por los recursos naturales, la falta de reglas actualizadas aparece como uno de los principales focos de conflicto entre empresas, comunidades y Estado.

El planteo incluyó además una propuesta institucional concreta: la creación de una Agencia Nacional de Control Medioambiental Minero. Concebida como un organismo autónomo y autárquico, su diseño prevé la participación de universidades, centros de investigación, empresas, sindicatos, comunidades y distintos niveles del Estado. El objetivo es claro: fortalecer los mecanismos de fiscalización y dotarlos de mayor transparencia.

“Si podemos tener un ente compuesto colectivamente entre todas las partes, vamos a lograr un control mucho más profundo”, sostuvo Mena Muñoz, al tiempo que subrayó la necesidad de generar información pública confiable y accesible. La iniciativa se inscribe en una demanda creciente por institucionalidad robusta en materia ambiental, en un escenario donde la legitimidad de los controles es tan relevante como su eficacia técnica.

El discurso de gremial también hizo foco en el impacto territorial de la minería. Tomando como referencia el caso de San Juan, el dirigente destacó las transformaciones económicas experimentadas en las últimas décadas, aunque introdujo una advertencia que complejiza la narrativa del progreso automático. “Si la minería es solamente un negocio, no nos interesa. Tiene que ser desarrollo, crecimiento real y participación colectiva”, afirmó, marcando un límite político a la lógica puramente extractiva.

Esa mirada se sintetizó en una consigna que atravesó toda la intervención: la necesidad de superar la dicotomía entre ambiente y producción. “Defendamos los glaciares, por supuesto. Pero también necesitamos trabajar”, señaló, condensando una presión estructural que el Congreso deberá administrar en los próximos meses.

Sobre el cierre, el dirigente incorporó un tema que excede la coyuntura legislativa pero que revela otra dimensión del conflicto: las condiciones laborales en la actividad. En ese marco, reclamó el tratamiento de un proyecto de jubilación minera presentado hace casi un año, subrayando las particularidades del trabajo en altura, las bajas temperaturas y las tareas en contextos subterráneos.

“Si tanto les importa la actividad minera, que realmente les importe lo más importante, que son los trabajadores”, concluyó, desplazando el eje del debate hacia una pregunta incómoda pero central: quiénes son los verdaderos destinatarios del desarrollo que se discute.

La intervención de ASIJEMIN en el Congreso no sólo aportó matices a una discusión atravesada por posiciones antagónicas, sino que introdujo una agenda propia que combina regulación, institucionalidad y derechos laborales. En un marco donde la minería se proyecta como uno de los vectores económicos estratégicos del país, el desafío no parece residir únicamente en habilitar o restringir actividades, sino en construir un marco integral capaz de equilibrar intereses, reducir conflictos y garantizar legitimidad social.

Entre la protección de los glaciares y la necesidad de desarrollo, el sindicalismo minero propone un tercer camino: uno donde el crecimiento no se desligue del control, ni el progreso de la justicia social. La discusión recién comienza, pero el tono del debate ya dejó de ser el mismo.

Continúe Leyendo

destacada

Ventas en caída libre: el ajuste golpea con fuerza al consumo cotidiano

Un informe de la consultora Scentia reveló una nueva contracción del consumo masivo en febrero, con desplomes en casi todos los canales tradicionales. Mientras tanto, sectores asociados a mayores ingresos muestran dinamismo, profundizando un patrón de consumo cada vez más desigual.

El consumo masivo en Argentina continúa sin mostrar señales de recuperación. Según los últimos datos de Scentia, en febrero las ventas registraron una caída interanual del 3,4%, mientras que en la comparación mensual —frente a enero— el descenso fue aún más pronunciado, alcanzando el 6,3%.

La tendencia no es aislada. En enero ya se había verificado una baja del 1,1% interanual y un retroceso del 7% respecto de diciembre, configurando un inicio de año marcado por la debilidad del consumo. De este modo, el primer bimestre de 2026 acumuló una contracción del 2,1%, ubicándose entre los niveles más bajos desde 2024 y encendiendo señales de alerta en el comercio.

El golpe más fuerte se sintió en los supermercados, donde las ventas se desplomaron un 5,9% interanual en febrero. También registraron caídas los autoservicios independientes (-3,8%) y los mayoristas (-3,6%), confirmando que el deterioro atraviesa a todos los formatos tradicionales. Incluso rubros sensibles como farmacias (-2,9%) y kioscos y almacenes (-1,9%) evidenciaron retrocesos, lo que refleja un ajuste directo sobre el consumo cotidiano.

En contraste, el comercio electrónico fue el único canal que logró crecer, con un salto interanual del 26,5%. Este comportamiento no solo marca una transformación en los hábitos de compra, sino también una segmentación del consumo: el crecimiento se explica principalmente por rubros como alimentos, bebidas y productos de limpieza, muchas veces impulsados por promociones y estrategias digitales.

Sin embargo, el análisis mensual muestra que incluso este canal sufrió un leve retroceso del 2,6% en febrero, lo que refuerza la idea de un contexto generalizado de restricción del gasto.
El detalle por categorías es aún más contundente. Las bebidas sin alcohol lideraron las caídas con un 12,3%, seguidas por alimentos perecederos (-7,5%), bebidas alcohólicas (-7,4%) y productos de higiene y cosmética (-7%). También retrocedieron los productos de desayuno y merienda (-3,7%) y los artículos de limpieza (-3,2%). Se trata, en todos los casos, de bienes esenciales o de consumo frecuente, lo que da cuenta de un ajuste que impacta directamente en la vida diaria de los hogares.

Desde la consultora señalaron que la evolución de precios fue un factor determinante. La persistencia de la inflación, combinada con salarios que no logran recomponerse, redujo el poder adquisitivo y obligó a las familias a recortar gastos o modificar hábitos de consumo.
En este contexto, la economista y diputada nacional Julia Strada advirtió sobre la creciente desigualdad en el patrón de consumo. Según explicó, el nivel actual se ubica cerca de 13 puntos por debajo del promedio de 2023, con caídas significativas en supermercados y mayoristas.

La clave del fenómeno, sostuvo, radica en la heterogeneidad: mientras el consumo agregado puede mostrar mejoras —según datos del Instituto Nacional de Estadística y Censos—, ese crecimiento está impulsado por sectores de mayores ingresos, como la compra de inmuebles, autos o el turismo en el exterior.

En contrapartida, los rubros ligados al consumo cotidiano presentan retrocesos profundos. Si se compara 2025 con 2023, las ventas en supermercados caen 19%, la indumentaria 24% y los autoservicios 13,5%, evidenciando un deterioro estructural del consumo popular.

El mapa del consumo en Argentina muestra hoy una fractura cada vez más evidente. Mientras algunos sectores vinculados a altos ingresos logran sostener e incluso expandir su nivel de gasto, la mayoría de los hogares ajusta sobre bienes esenciales. La caída persistente en supermercados, almacenes y farmacias no solo refleja un escenario difícil, sino también un cambio más profundo: el pasaje hacia un modelo de consumo más desigual, donde el crecimiento agregado convive con una marcada contracción en la vida cotidiana.

Continúe Leyendo

destacada

Ley de Glaciares: entre el agua como derecho y la minería como promesa de desarrollo

La primera audiencia pública en Diputados expuso tensiones de fondo en torno a la reforma de la Ley de Glaciares impulsada por el Gobierno: cuestionamientos al proceso participativo, advertencias científicas y un debate que trasciende lo ambiental para instalarse en el terreno del empleo, el desarrollo y los derechos básicos.

La discusión por la reforma de la Ley de Glaciares ingresó en una fase decisiva con la primera audiencia pública realizada este miércoles en el anexo de la Cámara de Diputados. Lejos de consolidar consensos, la instancia evidenció un escenario de alta conflictividad política e institucional, atravesado por denuncias de restricción en la participación ciudadana y por un debate de fondo que enfrenta dos modelos de desarrollo.

El proyecto impulsado por el gobierno de Javier Milei, que ya cuenta con media sanción del Senado, propone modificar aspectos centrales de la normativa vigente. Entre los cambios más significativos, elimina la prohibición de actividades mineras en zonas periglaciales y transfiere a las provincias la potestad de definir qué áreas deben ser protegidas, desplazando el criterio técnico del Instituto Argentino de Nivología, Glaciología y Ciencias Ambientales (IANIGLA).

La iniciativa, presentada oficialmente como un paso hacia el “ordenamiento normativo”, abre interrogantes sobre el equilibrio entre autonomía provincial, rigor científico y resguardo ambiental.

Sin embargo, el foco de la jornada no estuvo exclusivamente en el contenido del proyecto, sino en las condiciones bajo las cuales se desarrolló el debate. Apenas el 0,3% de los inscriptos pudo hacer uso de la palabra, en su mayoría en oposición a la reforma. Este dato activó una impugnación formal por parte de legisladores de distintos bloques, quienes sostienen que el esquema implementado vulnera principios constitucionales, así como normativas ambientales y acuerdos internacionales como el de Escazú, que garantizan la participación pública en decisiones de alto impacto.

En el plano argumental, el oficialismo sostiene que la flexibilización de la ley permitirá dinamizar la economía a través de inversiones millonarias y generación de empleo. Según estimaciones del sector empresarial, la apertura de nuevas áreas podría atraer hasta 33.000 millones de dólares hacia 2032 y crear cientos de miles de puestos de trabajo. No obstante, estas proyecciones son puestas en duda por antecedentes concretos de la actividad minera en el país.

Durante la audiencia, diversas exposiciones recuperaron el caso de Bajo La Alumbrera como ejemplo de los límites del modelo extractivo: explotación intensiva, bajo valor agregado local, escasa generación de empleo sostenido y fuertes pasivos ambientales al cierre de los yacimientos. La minería metalífera, caracterizada por su alta inversión de capital y baja demanda de mano de obra, aparece así en conlficto con actividades como la agricultura, la ganadería y el turismo, que dependen de recursos hídricos estables y generan ocupación a largo plazo.

Es precisamente el agua el eje que articula las principales preocupaciones. Más del 36% del territorio continental argentino depende de cuencas alimentadas por el deshielo glaciar, lo que convierte a estos ecosistemas en una pieza estratégica no solo para el consumo humano, sino también para la sostenibilidad de economías regionales enteras. Provincias como Mendoza, San Juan y Neuquén basan buena parte de su producción en sistemas de riego que podrían verse comprometidos ante cualquier alteración significativa de las reservas hídricas.

La discusión se inscribe, además, en un contexto internacional marcado por la creciente escasez de agua. Un reciente informe de la Universidad de las Naciones Unidas advirtió sobre una “quiebra hídrica global”, señalando el agotamiento irreversible de acuíferos en distintas regiones del planeta. En esa línea, organismos internacionales ya expresaron preocupación por el rumbo de la reforma argentina, alertando sobre posibles vulneraciones al derecho humano al acceso al agua.

A este escenario se suma otro dato relevante: un relevamiento de la Universidad de Zurich identificó decenas de emprendimientos mineros actualmente en infracción con la ley vigente, emplazados en zonas de hielo. Para sectores críticos, la reforma no solo implicaría una flexibilización normativa hacia adelante, sino también una suerte de regularización retroactiva de actividades hoy cuestionadas, lo que tensiona aún más la legitimidad del proceso.

Desde el movimiento sindical y las organizaciones territoriales, la discusión adquiere una dimensión adicional. La reforma de la Ley de Glaciares es leída como parte de un paquete más amplio de políticas orientadas a reducir costos productivos y ampliar márgenes de rentabilidad para grandes capitales, paralelamente con cambios en la legislación laboral. En esa interpretación, ambiente y trabajo no son dimensiones separadas, sino variables interdependientes en la disputa por el modelo económico.

La reforma de la Ley de Glaciares expone una de las discusiones más complejas de la agenda pública actual: cómo compatibilizar la necesidad de crecimiento económico con la preservación de recursos estratégicos y derechos esenciales. El debate no se agota en la dicotomía entre minería y ambiente, sino que interpela la calidad institucional, la transparencia en la toma de decisiones y el tipo de desarrollo que se proyecta a largo plazo.

La audiencia pública, lejos de saldar diferencias, dejó al descubierto una fractura profunda entre los argumentos oficiales y las advertencias de amplios sectores sociales, científicos y productivos. Bajo estas circunstancias, el futuro de la ley no solo dependerá de mayorías legislativas, sino también de la capacidad del sistema político para procesar demandas, garantizar participación genuina y sostener un equilibrio que, en última instancia, definirá el acceso al agua y las condiciones de vida de las próximas generaciones.

Continúe Leyendo

Tendencias