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Más de cinco millones de argentinos ya registran deudas impagas y crece la polémica con el Gobierno

El endeudamiento de los hogares argentinos alcanzó el nivel más elevado de los últimos dieciséis años y abrió un nuevo frente de discusión entre el Gobierno nacional y el movimiento sindical. Mientras el vocero presidencial Adrián Ravier adjudicó la creciente morosidad a errores en la administración de las finanzas personales, informes del Banco Central y consultoras privadas muestran un fuerte deterioro de los ingresos, un aumento sostenido del costo del crédito y una expansión de las dificultades para afrontar gastos básicos.
La combinación de pérdida del poder adquisitivo, tasas de interés elevadas y una creciente dependencia del crédito para sostener el consumo cotidiano volvió a colocar a las finanzas de los hogares en el centro del debate económico. Con más de cinco millones de personas registrando deudas impagas dentro del sistema financiero ampliado, el Gobierno nacional optó por explicar el fenómeno como una consecuencia de decisiones individuales antes que como el resultado de un deterioro de la capacidad de compra.
Desde la Casa Rosada, el vocero presidencial Adrián Ravier sostuvo que parte de la población «se pone en riesgo de impago» por no administrar correctamente sus ingresos y obligaciones. Incluso afirmó que el incremento de la morosidad constituye un signo de normalización financiera, al interpretar que refleja una mayor utilización del crédito en la economía.
Las declaraciones generaron un inmediato rechazo desde el movimiento obrero. El secretario general de la CTA de los Trabajadores y diputado nacional, Hugo Yasky, sostuvo que las familias no recurren al financiamiento por una mayor confianza en el sistema sino para afrontar necesidades elementales como la compra de alimentos, medicamentos y el pago de servicios públicos. A su entender, el deterioro salarial, la evolución de las tarifas, las restricciones sobre las negociaciones paritarias y el elevado costo del financiamiento explican el crecimiento de la mora.
Los indicadores disponibles respaldan la magnitud del problema. De acuerdo con un informe de la consultora Analytica elaborado sobre datos del Banco Central, la irregularidad de la cartera de créditos destinada a los hogares alcanzó en mayo el 15,9%, el nivel más elevado desde la salida de la crisis financiera de 2009. El relevamiento también identificó 5,3 millones de personas con al menos una obligación impaga dentro del sistema financiero ampliado.
El deterioro no se limita a la mora bancaria. La carga financiera consolidada de las familias —que incorpora préstamos bancarios, tarjetas de crédito, billeteras virtuales y entidades no financieras— pasó de representar el 17% de la masa salarial en 2024 al 30% en la actualidad, impulsada por una tasa de interés real promedio cercana al 58% para los créditos destinados al consumo.
A la presión del endeudamiento se suma un fuerte deterioro de la capacidad de compra. Un informe del Instituto de Estadísticas y Tendencias Sociales reveló que el 56,6% de los hogares no logró cubrir la Canasta Básica Alimentaria, mientras que el 89% debió recurrir al fiado, a las tarjetas de crédito o a préstamos personales para adquirir alimentos, un dato que refleja la creciente utilización del financiamiento para solventar gastos esenciales y no consumos extraordinarios.
La evolución de estos indicadores coincide con un proceso más amplio de recomposición de los precios relativos impulsado por el Gobierno nacional. La reducción de subsidios, la liberación de tarifas, el encarecimiento de los servicios públicos y una política monetaria basada en tasas de interés positivas modificaron profundamente la estructura de gastos de los hogares. En paralelo, la recuperación de los salarios avanzó de manera desigual entre las distintas actividades, dejando amplios segmentos con ingresos que todavía no logran recomponer la pérdida acumulada desde fines de 2023.
En ese marco, también se multiplicaron las advertencias de entidades financieras. Datos difundidos por el Banco Provincia muestran que la irregularidad en los créditos destinados a personas físicas se cuadruplicó en apenas un año, mientras que ya son más de seis millones los adultos que presentan dificultades para cumplir con sus compromisos financieros, considerando las distintas fuentes de financiamiento disponibles.
El debate excede la evolución de la morosidad. Lo que hoy está en discusión es el cambio de función que asumió el crédito en la economía doméstica. Durante años fue un instrumento para adelantar consumos o financiar bienes durables; actualmente, la tendencia de las familias a endeudarse para cubrir gastos corrientes —como comida, salud y tarifas— refleja una profunda pérdida de ingresos, un fenómeno que los economistas señalan como claro indicador de empobrecimiento.