destacada
Desigualdad persistente en el ingreso y un mercado laboral cada vez más fragmentado

Un informe reciente del INDEC expone que, pese a leves mejoras en los indicadores generales, se mantienen diferencias profundas entre trabajadores según su inserción laboral, con una marcada disparidad de género y una elevada concentración de recursos.
La configuración económica argentina continúa reflejando una matriz desigual que resiste incluso en contextos de relativa estabilización. Los datos correspondientes al cuarto trimestre de 2025 delinean un escenario en el que la actividad laboral sigue siendo la principal fuente de sustento, aunque atravesada por distorsiones que condicionan las posibilidades de progreso de amplios sectores.
El relevamiento oficial indica que el 62,6% de la población percibe algún tipo de remuneración, con un promedio que supera el millón de pesos. Sin embargo, este valor agregado oculta una dispersión significativa: mientras los estratos más rezagados apenas superan los $350.000, los segmentos superiores alcanzan cifras por encima de los $2,4 millones. La brecha entre ambos extremos no solo resulta amplia, sino que evidencia una dinámica donde la distribución del dinero se concentra de manera desigual.
El mundo del trabajo reproduce esta lógica. Aunque el promedio de la ocupación principal se ubica en niveles elevados, la mediana —indicador más representativo— se posiciona considerablemente por debajo, en torno a los $800.000. Esto implica que una porción sustancial de la fuerza laboral se encuentra lejos de los valores más altos, lo que pone en evidencia la heterogeneidad del sistema.
El análisis por deciles refuerza este diagnóstico. Los sectores de menores recursos se agrupan en niveles cercanos a los $390.000, mientras que los segmentos intermedios logran duplicar esa cifra. En el otro extremo, los estratos superiores superan ampliamente los $2,5 millones.
Esta progresión no responde a un crecimiento uniforme, sino a un esquema escalonado donde el acceso a mejores remuneraciones depende de variables estructurales como la capacitación, el tipo de empleo y la inserción sectorial.
Dentro de este entramado, la formalidad laboral emerge como uno de los factores más determinantes. La diferencia entre quienes cuentan con aportes jubilatorios y quienes se desempeñan en la informalidad resulta contundente: los primeros perciben prácticamente el doble que los segundos. Esta disparidad no solo impacta en el presente, sino que también condiciona la estabilidad futura, el acceso a derechos y la protección social, profundizando una dualidad histórica del mercado argentino.
A esta segmentación se suma la persistente inequidad de género. Las mujeres continúan ubicándose por debajo de los varones en términos de remuneración, una diferencia que se extiende a lo largo de toda la escala. Este fenómeno responde a múltiples factores, entre ellos la menor participación en puestos jerárquicos, la concentración en actividades de menor paga y la sobrecarga de tareas domésticas no remuneradas.
En términos globales, la concentración de recursos se mantiene elevada. El coeficiente de Gini muestra una leve mejora, aunque insuficiente para alterar la estructura de fondo. La distancia entre los extremos permanece prácticamente invariable: el decil más alto percibe más de trece veces lo que recibe el más bajo.
La distribución general también evidencia un marcado desequilibrio. El 10% más acomodado concentra cerca de un tercio del total, mientras que el 10% más rezagado accede a una proporción mínima. Este reparto desigual no solo refleja una brecha económica, sino también una marcada diferencia en las oportunidades de desarrollo.
El análisis de los hogares con menores recursos permite comprender la dimensión social del problema. En estos sectores, las fuentes no laborales —como jubilaciones, subsidios o transferencias— adquieren un rol central, representando más de dos tercios del total. A su vez, se observa una elevada carga de dependencia: por cada persona ocupada, hay múltiples individuos que no generan recursos propios, lo que incrementa la presión sobre los ingresos disponibles y profundiza la vulnerabilidad.
El panorama actual confirma que las mejoras puntuales en los indicadores agregados no alcanzan para revertir una estructura marcada por la desigualdad. Las brechas vinculadas a la formalidad, el género y la distribución del ingreso continúan delineando un sistema en el que las diferencias no solo persisten, sino que tienden a reproducirse.
El desafío, en este contexto, no se limita a la generación de empleo en términos cuantitativos, sino que exige avanzar hacia una mejora sustancial en su calidad, ampliar la inclusión en el circuito formal y reducir las asimetrías estructurales. Sin transformaciones en estos ejes, cualquier avance coyuntural quedará diluido frente a un movimiento que consolida la fragmentación y perpetúa las desigualdades en el largo plazo.