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Furlán rompe con la moderación de la CGT y presiona por un paro nacional

El secretario general de la UOM, Abel Furlán, decidió adelantar los tiempos y empujar una agenda de confrontación directa frente al Gobierno y al empresariado. La falta de homologación salarial y el avance de la reforma laboral lo colocan en tensión abierta con los sectores moderados de la CGT.

La interna sindical volvió a ganar centralidad en un escenario de alta conflictividad social. Abel Furlán, secretario general de la Unión Obrera Metalúrgica (UOM), resolvió desmarcarse de la estrategia gradualista que predomina en la conducción de la CGT y reclamar un paro nacional como respuesta a la combinación de paritarias incumplidas y el inminente tratamiento de la reforma laboral en el Congreso.

Para el dirigente metalúrgico, el margen para la espera se agotó. “El tiempo de los diagnósticos terminó”, repiten en su entorno, convencidos de que la ofensiva oficial sobre el mundo del trabajo exige una reacción inmediata y de alto impacto. La reforma laboral, sumada al bloqueo de acuerdos salariales ya firmados, funciona como catalizador de una escalada que busca interpelar tanto al Gobierno como a la propia central obrera.

Furlán, identificado con el sindicalismo más cercano a Cristina Fernández de Kirchner, construye su perfil sobre una lógica de acción directa. La falta de homologación de los últimos acuerdos paritarios y lo que define como un “boicot” empresario —con cámaras que se niegan a liquidar los aumentos correspondientes a enero— llevó a la UOM a activar un esquema de asambleas permanentes en plantas metalúrgicas de todo el país. La medida apunta a sostener la presión desde las bases y preparar el terreno para una conflictividad mayor.

El punto de máxima tensión será la movilización que el gremio proyecta para el día en que el Senado trate la reforma laboral. “No vamos a ser espectadores de cómo despojan de derechos a los trabajadores”, advirtió Furlán, dejando en claro que la UOM no se limitará a acompañar decisiones ajenas. La convocatoria fue lanzada por fuera de la mesa chica de la CGT y sin aval explícito del triunvirato de la calle Azopardo, un gesto que expuso el primer cortocircuito del año dentro de la central.

En los sectores más dialoguistas de la CGT, la jugada fue leída con recelo. La “autonomía” combativa del metalúrgico tensiona una conducción que busca dosificar los tiempos y preservar canales de negociación abiertos con el Gobierno. Sin embargo, la ofensiva de Furlán también refleja una presión creciente desde las bases sindicales, que perciben un deterioro sostenido de los ingresos y una amenaza directa sobre las conquistas laborales.

En lo inmediato, la UOM concentrará su foco en el conflicto con el grupo Techint, controlado por Paolo Rocca. El holding empresario se resiste a cerrar paritarias con el gremio, lo que abre la puerta a nuevas asambleas y eventuales paros sectoriales. La disputa con uno de los conglomerados industriales más poderosos del país no es casual: busca amplificar el conflicto y elevarlo a una escala política nacional.

La decisión de Abel Furlán de avanzar sin esperar el consenso de la CGT marca un punto de inflexión en el mapa sindical. Frente a un Gobierno que impulsa una reforma laboral regresiva y a un empresariado que incumple acuerdos salariales, la UOM apuesta a la confrontación abierta como estrategia de presión. El desafío no es menor: forzar a la central obrera a definir si acompaña el endurecimiento o mantiene una línea moderada que, para sectores crecientes del sindicalismo, ya resulta insuficiente. En ese cruce de caminos se juega no solo el rumbo de la protesta, sino el liderazgo del movimiento obrero en una etapa de ajuste profundo.

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